
Ajedrez entre Alexander Bogdanov y Lenin. Gorki observa
Artículo publicado en la revista n.º 4 Con-Ciencia de Clase.
Un acercamiento a la poesía soviética
Nadie compone la canción,
brota en las marchas de soldados
Serguéi Orlov
La palabra es un yugo imposible de esquivar; o al poeta aplasta contra el suelo, o el poeta puede con ella exterminar al enemigo. Así hablaba Vasili Fiódorov en plena revolución rusa. Empezaba a girar con ímpetu la rueda de la historia. La revolución de octubre y la primera experiencia de edificación del socialismo tuvieron lugar en un país multinacional zarandeado por una oligarquía sorda al clamor del hambre de la mayoría. Para los poetas, el sentimiento de hermandad de clase no era sólo un llamamiento afectivo: consistía realmente en los esfuerzos conjuntos encaminados a reestructurar la vida cuando se venían abajo las murallas de la alienación y de la desigualdad de la Rusia zarista. Todo estaba por escribir.
El civismo, entendido como solidaridad entre pueblos oprimidos, pasó a ser propiedad inalienable de la poesía soviética desde sus primeros pasos. Evgueni Evtushenko —ya de la tercera generación— declaraba convencido que, en Rusia, están destinados a ser poetas únicamente aquellos en quienes palpita el altivo espíritu de un verdadero humanismo.
El primer decenio soviético fue el decenio de formación de la poesía rusa como respuesta artística a la coyuntura histórica de aquellos momentos. Era algo que iba con los combatientes o con el país o dentro de mi corazón; yo ensalzo la patria que existe, pero tres veces más la que existirá, proclamaba Maiakovski.
La creación de los poetas soviéticos se distinguió y estuvo cohesionada por un sentimiento único: el afán de ser útil de algún modo a una nueva era que empezaba a amanecer.
La nueva poesía fustigaba y destruía consecuentemente —y a veces dolorosamente— todo lo que ponía obstáculos al libre desarrollo del hombre nuevo, de enseñarle a ver la belleza de encerraba el músculo en marcha de obreros y campesinos.
Fiel a sus principios en materia de arte, el nuevo sistema cultural instaba a los artistas a que asumieran un papel preeminentemente educativo en la esfera ideológica a través de una filosofía de vanguardia. Inclinaron a amplios círculos de lectores a ver en el arte un auxiliar para los afanes y trabajos cotidianos, un puente imprescindible para salvar el precipicio que separaba entonces a muy amplias masas de lectores, con su bajo nivel cultural, de las siempre inagotables conquistas del arte.
Se puede afirmar, sin miedo a la exageración, que ningún período histórico brilló en el pasado con tal diversidad de acentos poéticos. Escuchad la revolución con todo el cuerpo, con todo el corazón, con toda la conciencia”, exhortaba Alexander Blok
La poesía del pasado era obra y patrimonio de un círculo más o menos restringido de la sociedad erudita. El parteaguas revolucionario permitió que nuevas voces tomaran el relevo de los grandes poetas de la tradición rusa: Gorki, Pushkin, Lérmontov, Nekrásov, etc., para integrar, de una u otra forma, enormes masas humanas en el devenir cultural. Despertó la conciencia histórica de fuerzas populares incalculables yagitó e inquietó, también, a los sectores de la intelectualidad más aislados que, según dijo Vera Inber, absorbían la realidad como por una paja de refresco. La revolución los situó ante un brusco dilema moral.
Vladímir Lenin hablando con Gorki, resaltó la importancia de la poesía en el plano de la agitación, pero no era suficiente. Apostilló: no basta con seguir al lector, hace falta ir delante de él. Dicho en otras palabras; la poesía como un faro de futuro.
El pueblo soviético se veía obligado a construir su propia historia en un ambiente de constante amenaza bélica. En los años de la Gran Guerra Patria, nacida del hondón de la tragedia, la poesía se puso al servicio de la moral del combatiente, de la victoria. Basculó de lo lírico a lo épico, en ese arco indisoluble del mundo interno del poeta empujado por experiencia de la guerra.
El destino del poeta es inseparable de esa época a la vez terrible y victoriosa. Sus versos alientan o celebran la nueva aurora cuando más se necesita. Abren la niebla ante el viento de la historia que sigue pujando.
Naturalmente, toda poesía que se fragua en la fraternidad lleva implícita la búsqueda de medios realistas para expresar el mundo interno del hombre. Pero se trata de un realismo enemigo de lo tosco no falsamente entendido en sus más rígidas expresiones pueriles, sino aquél que se traza como objetivo elevar el nivel estético de la sociedad, desarrollar su conciencia y sus gustos artísticos.
Las crónicas de la época nos hablan de los acontecimientos políticos, las encrucijadas sociales o las batallas. Pero únicamente la imagen creada por un poeta es capaz de llevar hasta el lector contemporáneo la profunda imagen emocional de aquellos años que estremecieron al mundo.
ANTOLOGÍA MÍNINA*
Iliá Selvinski
¿Por qué amo la patria?
¿Por el rumor de sus robles?
¿O porque en ella veo rasgos de mi propio destino?
La amo porque fue aquí
donde nació la gran verdad
de todas las tribus, pueblos y razas,
la gran verdad de todos los corazones torturados.
Y pase en el mundo lo que pase, yo sé muy bien que éste es el país
que los antiguos buscaban en las canciones a través de la niebla de las lágrimas.
República, tu camino es duro, pero me miro en tus ojos y me digo:
¡Qué suerte haber nacido en ti!
Konstantín Vanshenkin
Vida, yo te amo,
y esto en sí no es nada nuevo.
Amo yo estas alturas,
el temblor del metal apretado
en la mano.
Vladímir Lugovskói
Medio siglo por delante.
Vi mucho. Mucho no vi,
ni en la tierra ni en el alma.
Comprende, es mi confesión:
participé en los hechos
históricos del hombre.
¿Qué hago yo, simple criatura
de este siglo?
Hablar de esta época mía,
única en el mundo,
del gigante que se alzó
sobre toda la tierra
para cargar sobre sus espaldas
la vida y el destino
de todo el planeta.
¡Cómo la vida es única…!
No soy profeta:
sólo poeta soy,
poeta del estallido,
de nuestra época,
grande para la vida
de toda la tierra.
Época viva, con honradez, soy tuyo,
hasta la corazonada del último pensamiento.
Camino, fuerzas motoras,
a Octubre, al Pueblo, a Lenin.
Ellos van dentro de mí y yo voy dentro de ellos.
Alexéi Surkov
Hay tardes
en que quisiera
ser un Cosaco.
Astracán en la cabeza,
botas de caña
y un sable templado
en las limpias aguas del Don.
Hay tardes
en que me siento
un Cosaco.
Pero no de los blancos.
Rojo, un Cosaco Rojo,
de los que tiñen la nieve
cuando se rompen,
de los que pisan las negras alas
del águila bicéfala.
El único Cosaco Rojo de la historia.
Y volver en la noche
tras la toma del Palacio,
a ti,
más cansado,
con el áspero barro de la lucha,
pero más libre.
Con un niño en la sonrisa,
al que tú llamaras
Revolución.
Mijall Lukonin
Los que volvemos de la guerra
no necesitamos elogios,
ni laureles,
ni flores a los pies.
No, no es eso
lo que necesitamos.
Pisar queremos
los campos de pan llevar,
los prados floridos.
No nos compadezcáis, no nos deis descanso,
que no estamos cansados.
¡Estamos dispuestos a caminar!
No nos miréis con ternura,
y no extrañaros si vivimos.
Hemos salido de la guerra vivos.
No queremos descanso,
ni silencio.
No nos aduléis con el nombre
“Participante de la guerra”.
Queremos
renovar con el trabajo
las medallas y el honor.
Se nos van las manos
tras los trabajos duros.
Hemos abierto trincheras en la tierra,
y ya es hora
de afilar las rejas del arado
y conducir tractores.
Ya es hora de cambiar
el sonido de las armas
por el de las hachas de trabajo,
el silbido de las balas
por el chirrido de la sierra
y de la pluma.
Andréi Vosnesenski
Secoya Lenin
En la automovilística California,
donde huele el sol a colofonia,
hay un parque de secoyas.
Una de ellas
aparece un día a Uliánov dedicada.
“Secoya Lenin”.
La multitud se agita como alocada.
¡“Secoya Lenin”!
Igual que una explosión.
El sheriff, sin abrocharse el pantalón,
como un lulú con la lengua fuera,
a ver al alcalde corre que se las pela.
“Señor alcalde, a la vista un motín,
y las raíces parten de Moscú…
¡Huf!…”
El alcalde se traga el puro. ¡Socorro!
Y sale pitando al Mississipí.
Por toda América, sirenas.
La gente, a los sótanos corre sin demora.
Salen los tanques como tortugas.
Se pone en marcha una excavadora.
En el centro del parque, un hoyo abierto.
¿Quién te plantó, secoya?
¿Quién escuchó el rumor de este árbol secular?
Quemaron la tablilla aborrecible.
No existe la secoya.
¡Pero existe!
Cada uno de nosotros una secoya tiene.
Como un jardín plantamos, aquí y allá, conciencia.
Dondequiera que esté,
en el país que viva,
entre afanes, quehaceres, contratiempos,
en los trances difíciles,
como en una piscina me sumerjo
en la sombra plateada de la verde secoya.
Sus infinitas pláticas
son para mí como aire puro y libre.
¿No existe la secoya?
¡Sí, la secoya existe!
Yaroslav Smeliakov
No nos dieron los años en vano,
nuestra vida es difícil y hermosa.
El trabajo va en nuestras palabras,
y con él alcanzamos la gloria.
Un poder gigantesco me dieron
esos hombres que tienen mis años;
en su nombre maldije implacable
la ventura y el éxito falsos.
Construí casamatas, trincheras,
he labrado la piedra y el hierro,
y quizá sea el propio trabajo
quien de hierro y de piedra me ha hecho.
Aunque corran arroyos de tinta,
con la pluma tacharme no pueden,
y no hay bala ni bomba en el mundo
que me pueda abatir con la muerte.
No soy grande, yo soy gigantesco.
¡Quién se atreve a buscarme querellas!
Comencé a construir por los campos,
donde ayer se ensañaba la guerra,
el solemne triunfo del trabajo,
la victoria del hombre que crea.
Sercuéi Narovchátov
Pasaba, rechinando los dientes,
ante aldeas y urbes arrasadas
por la Rusia lacerada y doliente
que los padres y abuelos nos legaran.
Recordaba los pueblos incendiados,
las cenizas que el viento saturaba
y a las muchachas que, con clavos bíblicos,
en las puertas yo vi crucificadas.
Los cuervos revolaban atrevidos
y el gavilán su presa desgarraba;
los crímenes más sórdidos y viles
marcaba el negro signo de la svástica araña.
Igual en mi dolor a los cantares,
los pueblos como anales hojeaba,
viendo en cada mujer a Yaroslavna
y en cada arroyo al río Nepriadva.
Y a mi sangre, muy fiel a lo más santo,
decía lo que expresan los cantares:
—Madre Rusia, gran sol de nuestra vida,
¿qué venganza emprender para vengarte?
*Debido a su extensión, se han elegido solo algunas estrofas de los poemas que aparecen en esta antología mínima.
Juan C. Puerta



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