Por Lisandro Brusco / Masar Badil / Resumen de Medio Oriente, 12 de enero de 2026.
Georges Ibrahim Abdallah es un militante comunista, antiimperialista,
antisionista e internacionalista nacido en el Líbano en 1951. Georges, hasta
el día de hoy sigue siendo un fedayin (un combatiente), un “pecado” que el
sistema capitalista nunca perdonó. A pesar de sus 41 años privado de la
libertad en Francia, torturado y aislado, liberado en julio de 2025 y
expulsado a Líbano, sigue sosteniendo que su identidad es la del militante
revolucionario: “En realidad, yo fui un militante dentro de la prisión. Nunca
fui un prisionero que aspira a convertirse en militante; soy militante, y como
tal lucho incluso en condiciones excepcionales…”
La vida de Georges Ibrahim Abdallah, es la historia de un joven libanés que
se unió a muy temprana edad a las filas de la revolución palestina y mundial.
Expresa la historia de la revolución palestina en el Líbano, la revolución que
comenzó después de 1967, y que, lamentablemente, fue truncada por una
conducción política palestina capituladora y claudicante; pero que continuó
con las nuevas generaciones de palestinas y palestinos de Gaza, Cisjordania,
Al Quds, Palestina del 48 y la diáspora. La historia de Georges no comenzó
desde su arresto en 1984, sino que fue mucho antes de eso. Las décadas del
60 y 70 son en las que se forja esta identidad política internacionalista de
Georges. Las grandes movilizaciones contra la guerra de Vietnam, los
movimientos estudiantiles y sociales en el 68, el mensaje de Ernesto Che
Guevara en la Tricontinental del 67, las luchas de liberación nacional, y
mucho más, convergen en la formación militante de un compañero
internacionalista que hasta el día de hoy sostiene las mismas convicciones.
El mundo ha cambiado, pero los ideales y fortaleza de George Abdallah no
han cambiado, todavía se aferra a la esencia del proyecto revolucionario
de liberación árabe, que ve a Palestina como el centro: “La liberación de
Palestina tiene un valor histórico y un valor estratégico: es la palanca
histórica del proceso de la revolución árabe.”
Beirut (18/12/2025). Entrevista realizada por compañero de Masar Badil Argentina a Georges Abdallah.
El 18 de diciembre (2025), en la ciudad de Beirut (Líbano), junto a
compañeros de Masar Badil (Movimiento Ruta Revolucionaria Alternativa
Palestina) pudimos dialogar y entrevistar a Georges Ibrahim Abdallah.
Entrevistador: Para nosotros, tu trayectoria es un ejemplo: cuarenta y un
años en prisión sin que se quebraran tus ideas. ¿Cómo lograste sostenerlas?
Georges: En realidad, yo fui un militante dentro de la prisión. Nunca fui un
prisionero que aspirara a convertirse en militante; soy militante, y como
tal lucho incluso en condiciones excepcionales, como son las del
cautiverio. La cuestión central para mí siempre ha sido la lucha; mi situación
personal es secundaria. En la medida en que mi situación permite afirmar
el proceso de lucha, me siento en una posición adecuada. Así fue como
ocurrió.
Mis convicciones se sostuvieron a través de una práctica cotidiana, junto a
compañeros y compañeras que acudían de manera constante a lo largo de
41 años. La solidaridad conmigo fue entendida como un medio para
integrarse en la lucha junto al pueblo palestino y sus masas, y también como
una forma de expresar la posición de las masas palestinas dentro del
proceso de lucha en Francia. Cuando los trabajadores se movilizan para
exigir mejoras en sus condiciones o para manifestar posiciones políticas,
quienes se solidarizan conmigo participan directamente en las
movilizaciones de la CGT (refiere a la Central General de Trabajadores de
Francia) y de otras organizaciones sindicales. De manera regular —
aproximadamente cada mes, o cada 25 o 20 días— intervenía en estas
movilizaciones. En las manifestaciones, algunos compañeros asumían la
tarea de pronunciar discursos, y así mi palabra, como militante palestino y
militante árabe encarcelado, era leída por uno de ellos. De este modo, el
tiempo transcurría dentro de una práctica de lucha, no al margen de ella.
Cuando fui liberado, la decisión judicial se basó en un argumento jurídico
fundamental: que mi permanencia en prisión perjudicaba la seguridad
nacional más que mi libertad. Sobre esa base se resolvió mi excarcelación.
Mi presencia en prisión fue, por tanto, una presencia militante. Me
relacioné con el cautiverio desde las condiciones y los fundamentos de la
lucha, no como un fin en sí mismo. No estuve en prisión para reclamar
mejoras personales, ni para exigir mi liberación, ni para proclamar mi
inocencia. Esa lógica no es aceptable para mí.
Ante los tribunales respondí a la cuestión central, relativa a las operaciones
exteriores en Francia y Europa. No existe ninguna prueba que me incrimine.
Lo que se me reprocha es mi posición política. Afirmé que esas operaciones
militares eran correctas y debían continuar, no solo en Francia, sino en todo
el mundo, especialmente en las regiones que constituyen el corazón del
sistema imperialista, el mismo que libra una guerra contra nuestro pueblo.
No solo hoy, sino ya desde los años ochenta. Hoy, esa realidad es aún más
profunda.
Entrevistador: ¿Y el contacto cuando estabas en prisión? Las noticias
políticas, la información… ¿cómo era tu vínculo con el mundo exterior?
Georges: Como mencioné en mi primera respuesta, dentro de la prisión yo
era un militante. Quienes venían a visitarme eran todas y todos militantes.
Su tarea principal era trasladar mi punto de vista al exterior; la segunda,
reforzar mi posición como militante. Por ello, se ocupaban de garantizarme
todos los medios necesarios para el conocimiento: información periodística,
cultural y política. Para dar un ejemplo sencillo: yo no carecía de tiempo por
exceso, sino por falta de tiempo. No sufrí por tener demasiado tiempo libre;
sufrí por no tener tiempo suficiente para leer todo lo que debía leer. Y
cuando digo esto, no es una metáfora literaria, es una realidad concreta.
Cada semana, los compañeros me aseguraban, solo en el plano periodístico,
cinco dossiers. Todo lo que se publicaba en árabe, francés o inglés en Líbano,
Palestina y Egipto. Cinco veces por semana. Cada dossier tenía unas 90
páginas. Es decir, alrededor de 450 páginas semanales, solo en material
informativo relacionado con la causa palestina, la situación en el Líbano, la
resistencia y las protestas en Egipto. Además, disponía de toda la prensa
francesa: la prensa de los partidos y la prensa burguesa, como Le Monde,
L’Humanité y otros medios, así como todas las publicaciones de los partidos
de izquierda, en particular de los partidos más pequeños. En ese sentido,
tenía una visión completa de todo lo que estaba disponible a nivel cultural
e informativo, incluso más amplia que la que tenían muchas personas fuera
de la prisión.
En cuanto a la formación política, mi tiempo estaba estrictamente
organizado. Si me preguntas cómo comenzaba mi día: salía de la celda a las
ocho y media de la mañana y regresaba a las diez y cuarenta y cinco. Durante
ese tiempo hacía ejercicio físico, para mantener mi cuerpo apto para el
combate, si se puede decir así.
- De 10:45 a 11:00: aseo y ducha. De 11:00 hasta las 16:00: lectura del correo. Necesitaba mucho
tiempo para leer las cartas y los materiales que me llegaban. De 16:00 a 19:00: lecturas teóricas. Por la noche: correspondencia relacionada con materiales teóricos y
con lo que debía hacerse o no hacerse. Dormía cuatro horas, por lo que me despertaba a las cuatro de la
mañana. De 4:00 a 7:00: respondía al correo personal, para preservar mi
humanidad. Escribía a mis familiares (hija, hermano) palabras sencillas,
saludos, gestos que me permitían mantenerme como un ser humano
normal: alguien que sonríe al ver a un niño, que ve belleza en una flor, que
reconoce las cosas simples de la vida cotidiana.
A las siete de la mañana llegaba el guardia y comenzaba oficialmente el día
de prisión. De este modo, mi jornada estaba completamente llena.
Entrevistador: La situación en el Líbano, los palestinos en los campamentos
de refugiados… ¿cómo encontraste a los palestinos en los campamentos y
cuál es tu lectura de la situación política dentro de ellos y del propio Líbano? Georges: Los palestinos en el Líbano forman parte del componente árabe
de la identidad histórica libanesa. En el Líbano existe una larga trayectoria
de lucha palestino-libanesa. El torrente de sangre compartida entre
palestinos y libaneses constituye históricamente la base fundamental de
nuestra identidad como militantes. Mi generación se formó a partir de los
efectos de la revolución palestina y del movimiento de resistencia palestino.
Como partidos de resistencia, libaneses y palestinos, mantenemos una
interacción histórica profunda.
Lo que encontré en los campamentos confirma que Palestina sigue siendo
la palanca histórica de la revolución árabe. Como te decía, soy palestino,
soy libanés y soy árabe, pero también soy comunista, y observo todas
estas dinámicas como parte de un proceso que espera el fin de la
explotación general.
La liberación de Palestina tiene un valor histórico y un valor estratégico: es
la palanca histórica del proceso de la revolución árabe. No se puede separar
una de la otra.
El campamento —hablando en términos antropológicos— es el espacio
donde se ha formado, a través de su propio devenir, la identidad palestina
más íntima. Palestina entera es un conjunto de campamentos. Lo que se ve
en Palestina, y lo que se ha visto en Gaza, es una suma de campamentos
que han configurado esa identidad profunda del pueblo palestino. Hay que
vivir en un campamento, dormir durante una semana en una de esas
llamadas “casas”, para comprender cómo es la vida en su interior. ¿Qué
decir entonces cuando esa vida se prolonga durante décadas, desde 1947 y
antes? Eso permite entender qué es el campamento y por qué existe ese
ensañamiento imperialista, sionista y reaccionario árabe para destruirlo.
Destruir el campamento es destruir la identidad palestina.
El campamento sigue siendo, hasta hoy, una fortaleza imposible de
erradicar. Se destruye un campamento aquí y el palestino se desplaza allí
y construye otro. No se puede crear un nuevo campamento fuera de los
marcos de la destrucción del campamento anterior.
No tenemos campamentos por la desertificación, ni por el hambre, ni por el
desempleo. Tenemos campamentos porque existe una entidad que se tragó
la tierra donde vivían estas personas; sus aldeas fueron destruidas y se
vieron obligadas a refugiarse en campamentos.
Y esos campamentos no fueron destruidos una sola vez. No existe un
campamento en Palestina que no haya sido destruido más de una vez. Por
eso, los campamentos en el Líbano —respondiendo a tu pregunta— se han
convertido en el principal refugio de los pobres del país. En realidad, ya no
son campamentos “palestinos” en un sentido estrictamente demográfico.
Si vas, por ejemplo, a Shatila, encontrarás que alrededor del 20 % son
palestinos; el resto son pobres del Líbano: sirios, iraquíes y libaneses. El
campamento es un foco de esta transformación histórica, dentro del
proceso objetivo de la revolución, por su contradicción real con la
estrategia imperialista y sionista.
Encontré un pueblo firme, pese a todas sus contradicciones. Como
cualquier pueblo del mundo, no somos homogéneos: existen sectores
sociales que se inclinan hacia la negociación y la capitulación. Pero existe
una amplia mayoría de masas resistentes que se levantaron con alegría al
ver al soldado israelí llorar y marcharse derrotado, mientras los regímenes
y ejércitos árabes observaban pasivamente.
Tenemos masas que buscan dirigentes y les exigen estar en una posición
revolucionaria. Puede que esas direcciones no estén hoy en ese lugar, pero
al final esas masas encontrarán sus direcciones efectivas, harán la
revolución y se convertirán en el núcleo revolucionario que sacudirá al
conjunto del mundo árabe.
Lo que está planteado hoy es que el Líbano es el único lugar del mundo
árabe donde existe una voluntad revolucionaria y donde existe un arma que
no está completamente controlada por los equilibrios de poder. Por ello,
estaremos sometidos a una presión enorme. Todo el sistema imperialista,
todas las fuerzas vinculadas a Israel, y en particular las reacciones árabes,
harán uso de todo su arsenal de odio para forzarnos a la rendición. Pero
nuestro pueblo no se rendirá. Conservaremos esa arma y seremos la chispa
que haga estallar esos sistemas oficiales que oprimen a nuestras masas en
Egipto, Jordania y en los llamados protectorados del Golfo.
Eso es lo que encontré en el Líbano: fuerzas vivas. Fui recibido como se
recibe a los militantes, y me sorprendió profundamente la calidez de ese
recibimiento. Estoy profundamente agradecido a todos los líderes que me
recibieron, y me siento muy tranquilo ante el enorme grado de disposición
de las masas para dar sin límites.
Lo que nuestro pueblo ha demostrado en esta etapa es que la energía de
las masas supera todas las estimaciones. Cuando se trata de la autodefensa
y del futuro, las masas de nuestra nación árabe, y en particular en Palestina
y el Líbano, se encuentran en uno de sus momentos más altos.
Desempeñarán su papel histórico soportando la presión, tal como el pueblo
palestino asumió históricamente la responsabilidad de enfrentar el
asentamiento sionista en todo el Mashreq árabe (Oriente árabe). Durante
décadas, esa carga recayó fundamentalmente sobre el pueblo palestino.
Hoy corresponde a las masas libanesas y palestinas asumir las exigencias de
esta etapa para que la situación árabe estalle y podamos librarnos de esos
tiranos, de esa capa de gobernantes cuyos intereses están orgánicamente
ligados al capital global.
Entrevistador: Hoy muchas personas señalan que la situación económica y
social es peor que hace años, pero al mismo tiempo aparecen voces que
dicen que no hay que luchar, que el cambio debe limitarse a lo institucional,
a reformas democráticas y parlamentarias, sin revolución. Se escucha esto
en distintos países, por ejemplo en Argentina.
George: A escala global, la situación es la siguiente: vivimos condiciones
explosivas en todo el mundo. El movimiento del capital, el sistema
capitalista en su conjunto, atraviesa una crisis profunda, una crisis
estructural. Esta crisis empuja a las burguesías a enfrentarse entre sí. Lo que
vemos con Trump, lo que vemos en Europa, lo que vemos en Rusia, indica
que por tercera vez en menos de un siglo estamos al borde de una guerra
mundial como consecuencia directa de la crisis del capital. Es la tercera vez
en menos de cien años, y esto es evidente para cualquiera que observe la
realidad. ¿Qué podemos esperar en este contexto? Las masas populares se
enfrentan cada vez más a un proceso de fascistización a escala global. Existe
una dinámica clara de transformación hacia el fascismo dentro del propio
sistema capitalista, que abandona progresivamente lo que denominaba
democracia representativa. Hoy, cada vez más, los principales partidos y
gobiernos expresan esta deriva: en Argentina, en Italia, y con procesos
similares avanzando en Francia, en Alemania y en Estados Unidos. Esta
dinámica conduce a un empobrecimiento creciente de las masas, y ese
empobrecimiento no hará sino agravarse. La cuestión central que se plantea
es la siguiente: ¿cómo se formarán las vanguardias revolucionarias capaces
de agrupar fuerzas para enfrentar al fascismo?
Dicho de otro modo, la composición de la clase trabajadora actual no es la
misma que la del siglo XX. Lo que se denomina los sectores precarizados y
marginados constituye hoy la mayoría de la población mundial, distribuida
a escala global. La crisis del sistema capitalista los golpea en todos los
continentes. La pregunta es cómo estas fuerzas populares podrán
organizarse dentro de marcos políticos dotados de un programa capaz de
enfrentar al fascismo en Argentina, en Perú, en Francia y en otros lugares.
Nuestra respuesta es clara: existe una gran masa social que tiene un interés
objetivo en el cambio. Esta masa está compuesta por una combinación de
sectores precarizados, trabajadores y otros sectores populares. A través de
la participación concreta en las luchas cotidianas se va construyendo esta
fuerza popular. En su proceso histórico —económico, social, político y
cultural— esta masa se conforma en medio de contradicciones, pero bajo
una consigna clara: juntos, y solo juntos, venceremos; juntos, y solo juntos,
avanzaremos; juntos, en todas partes, venceremos.
En Argentina como en Beirut, es necesario identificar los espacios comunes
y fortalecerlos para construir una identidad compartida. La solidaridad con
Venezuela, con Palestina, con el pueblo Kanak en Nueva Caledonia, con los
pueblos del Caribe, forma parte de un mismo proceso. Es una solidaridad
que forja la identidad histórica de la masa popular frente a un capital global
que no ofrece nada más que barbarie. Esa barbarie la hemos visto en Gaza,
en Cisjordania, en Argentina y en las periferias de pobreza y miseria; la
vemos en África y en el sudeste asiático. El capital no tiene otra propuesta:
solo barbarie.
En la medida en que actuamos colectivamente en torno a objetivos
comunes, contribuimos a construir la personalidad histórica de esta masa
popular. La masa popular, sujeto del cambio, se forma a través de la lucha,
no fuera de ella. En el proceso de lucha se produce la diferenciación de las
fuerzas burguesas conciliadoras y se construye una comprensión común de
los intereses reales de las masas. Estas masas llegarán a comprender por sí
mismas sus intereses inmediatos e históricos. Serán ellas las que
transformen la realidad. El papel de los militantes revolucionarios es
contribuir a la construcción de esta masa popular sobre una base clara:
juntos, y solo juntos, venceremos; juntos luchamos, juntos nos formamos.
La constitución de esta masa popular le permite comprender sus intereses
presentes, sus intereses históricos y, con ello, el movimiento general de la
historia. Esa es la verdadera liberación: una liberación que se produce
dentro de este proceso, no al margen de él. - Entrevistador: La operación del 7 de octubre, el Diluvio de Al-Aqsa… ¿Cómo
la viviste? ¿Esperabas una operación de esta magnitud? ¿Cuáles fueron tus
impresiones en ese momento y cuáles son ahora?
George: Soy árabe, palestino y libanés, y abordo esta cuestión como algo
que concierne a cualquier ser humano de esta gran patria árabe. Además,
soy comunista, y desde esa posición analizo esta operación no solo en su
dimensión local, sino a partir de sus efectos a escala global y en relación con
la dinámica de la lucha revolucionaria árabe e internacional.
Desde el punto de vista estrictamente militar, el 7 de octubre fue una
operación relativamente limitada; no fue una operación de gran
envergadura en términos históricos. La revolución palestina tiene más de
cuarenta años. Que grupos de combatientes —mil, más o menos—
realicen una acción de este tipo es algo natural, incluso algo que podría
haberse repetido periódicamente. Sin embargo, lo que ocurrió produjo
una serie de efectos que fueron mucho más allá de lo esperado.
En el plano político y social, en el nivel de la reacción popular inmediata, la
respuesta fue espontánea. Como tantos otros hijos de nuestro pueblo
árabe, cuando vimos a un fedayín capturando a un soldado israelí sobre un
tanque, aplaudimos y estallamos de alegría. Esa fue una reacción natural, al
ver a los combatientes actuar como corresponde a combatientes. Más
tarde, al analizar la operación en detalle, es legítimo decir que algunas cosas
podrían haberse hecho de otro modo. Pero, en su orientación general, fue
una operación militar altamente exitosa.
Ahora bien, hubo efectos que no todos percibieron de inmediato. Esta
operación reveló una realidad que no estaba completamente visible.
Cuando Israel se enfrentó a la violencia palestina, respondió de manera
bárbara, como era previsible. Pero esa respuesta transformó a toda la región
en una zona insegura para el capital global, y este es el punto central.
Para comprenderlo, hay que entender qué es Israel. Hasta la década de
1970, Israel no contaba con grandes instituciones financieras privadas:
bancos, sistemas de seguros y estructuras financieras clave seguían siendo
de carácter público. En los años ochenta, con la llegada de cerca de un
millón de colonos procedentes de la Unión Soviética, llegaron también
enormes cantidades de capital, muchas veces por vías ilegales desde el
punto de vista del propio capitalismo. Junto con ese capital llegó una masa
humana altamente cualificada, formada científicamente, lo que permitió a
Israel dar un salto cualitativo y construir lo que se conoce como su “Silicon
Valley”. El 7 de octubre golpeó ese núcleo estratégico. No porque lo
destruyera físicamente, sino porque el capital no puede permanecer donde
existe un conflicto armado abierto. Nadie esperaba este efecto. Y es
precisamente esto lo que sitúa a Israel en la fase final de su existencia
histórica.
El proyecto de la llamada “Gran Israel” era viable mientras ese Silicon Valley
funcionara. No se trataba de una ocupación militar clásica, sino de un
dominio económico y administrativo de toda la región, similar al que se
ejerce sobre los llamados Estados del Golfo. El 7 de octubre canceló ese
proyecto, incluso sin que quienes lo llevaron a cabo fueran necesariamente
conscientes de esta dimensión estratégica.
Además, el 7 de octubre impidió la normalización entre Arabia Saudí e
Israel. No debemos olvidar que Gaza es una enorme prisión, y que los planes
consistían en ampliar aún más ese encierro. El 7 de octubre fue la explosión
de esa prisión, y esa explosión alteró todos los proyectos regionales.
Occidente respondió desplegando todo su arsenal de barbarie y
criminalidad, pero el pueblo palestino permaneció en pie, con sus heridas y
con sus niños, sin rendirse. Ofreció un ejemplo de resistencia que la
humanidad no había visto ni en Dien Bien Phu ni en Stalingrado. Nunca un
pueblo había combatido de esa manera en defensa de su propia existencia.
A escala mundial, el impacto fue inmediato. Por primera vez en la historia
del capitalismo occidental, una guerra de exterminio pudo ser observada en
tiempo real, hora tras hora. El argentino, el boliviano, el pakistaní pudieron
ver diariamente el genocidio desplegarse ante sus ojos. Esto empujó a
amplios sectores de la juventud a levantarse: primero desde una solidaridad
humana, luego desde una comprensión política más profunda. Esa
movilización comenzó a adquirir un carácter claro de confrontación con la
“fascistización del exterminio”. En un contexto global marcado por la crisis
del capitalismo y la posibilidad real de una tercera guerra mundial, la causa
palestina se convirtió en una bandera contra el avance del fascismo en
Europa y en el mundo.
Por eso, cuando comenzaron las manifestaciones en Europa y en Estados
Unidos, los gobiernos intentaron prohibirlas y criminalizarlas. Llevar una
kufiya o una bandera palestina podía llevar a la cárcel o ser acusado de
antisemitismo. Hoy, sin embargo, no hay ciudad en el mundo donde no se
levante la bandera palestina y la kufiya como símbolo no solo de solidaridad,
sino de resistencia al fascismo en los propios países.
Netanyahu es una expresión concreta del fascismo. Israel, como entidad, es
una extensión orgánica del imperialismo occidental, que se formó
históricamente a través de guerras de exterminio. Estados Unidos, América
Latina, Australia: todos estos proyectos estatales se construyeron sobre
genocidios masivos. Israel es la última expresión de esa lógica.
La guerra de exterminio contra el pueblo palestino no comenzó en Gaza;
comenzó a finales del siglo XIX. En 1948, cuando el pueblo palestino no
llegaba al millón de personas, resistió. Hoy supera los catorce millones.
Dentro de Palestina histórica, los palestinos son ya más numerosos que los
colonos. Esto demuestra que la guerra de exterminio ha fracasado.
El 7 de octubre le dijo a este proyecto colonial: has llegado a tu final. La
violencia desatada hoy en Gaza y en el Líbano es la expresión de ese último
capítulo. Israel ya no puede presentarse ante los pueblos del mundo como
una “democracia”. Se ha revelado como lo que es: un símbolo absoluto de
barbarie. Sin ese respaldo moral y político del Occidente imperialista,
Israel no puede sostenerse. Podrán seguir enviándole armas, pero las
armas no cambian la historia. Son los pueblos quienes la hacen. Y el
pueblo palestino, con medios rudimentarios, ha demostrado una fuerza
superior a todo el arsenal militar.
Durante más de un siglo, el pueblo palestino ha resistido una guerra de
exterminio en nombre de todo el Mashreq árabe. El proyecto colonial no
apuntaba solo a Palestina, sino a toda la región. Y ha sido el pueblo
palestino, vanguardia de esta nación, quien pagó el precio con la sangre de
sus hijos y ha triunfado. Hoy, el mundo le dice: no solo has resistido, has
vencido. Y no solo como palestino, sino como bandera de la lucha contra el
fascismo que avanza en todas partes.
Estos son los efectos históricos del 7 de octubre.
Entrevistador: Con el llamado alto el fuego se ha visto cierta desmovilización
a escala mundial. ¿Cómo analizas esto?
Georges: Lo que se denomina “alto el fuego” es una etapa dentro de este
conflicto, una etapa importante. Pero hay que analizar cuáles son sus
fundamentos reales. El trasfondo principal es el papel de las reacciones
árabes en el intento de desarmar a la resistencia.
La preocupación central que sacude al imperialismo es que la lucha
armada en Palestina ha producido un efecto global que no esperaban. El
fedayín se ha convertido en el representante del verdadero humanismo,
el que transformó la kufiya en un símbolo universal de libertad y de
oposición al fascismo. Por eso recurren a todos los medios posibles para
poner fin a esta forma de lucha. Eso es, en esencia, lo que está en juego en
el llamado alto el fuego. Han dividido este proceso en tres o cuatro fases.
La primera fase consiste en decir: “les permitiremos comer, no hemos
logrado exterminarlos”.
Luego plantean una segunda fase: que, bajo cobertura religiosa o regional,
la reacción árabe entre en Gaza. Pero para que entre, exigen la presencia de
fuerzas internacionales destinadas a desarmar a los llamados “terroristas”.
Nosotros decimos con claridad: ese armamento no será desarmado. Ese
armamento es un símbolo de humanidad. Es ese armamento el que
permitió que miles y cientos de miles de jóvenes salieran a las calles del
mundo levantando la bandera de la libertad representada por la kufiya
palestina.
Si esa reacción árabe intenta entrar en Gaza, la aplastaremos. Y si las fuerzas
imperialistas intentan entrar en Gaza, las enfrentaremos y las destruiremos
en el pleno sentido de la palabra.
Las burguesías europeas y globales, bajo la presión de las movilizaciones
populares en Europa, en Estados Unidos y a escala mundial, han comenzado
a hacer ciertas concesiones en el plano discursivo. Hoy te dicen: pueden
solidarizarse con la “víctima palestina”, con el pueblo palestino hambriento,
asesinado, bombardeado. Eso está permitido. Pero no pueden solidarizarse
con quienes son antiimperialistas.
Puedes solidarizarte con la víctima en tanto víctima. Pero que esa víctima se
transforme en sujeto histórico, en actor político, eso no: entonces pasa a ser
“terrorista”. Puedes denunciar que un pueblo está siendo exterminado,
puedes afirmar que es una víctima. Pero no tienes derecho —según ellos—
a solidarizarte con quienes luchan en armas para defender a ese pueblo.
Las fuerzas imperialistas dicen claramente: el verdadero problema es que
hoy se plantee el antiimperialismo como una posición política legítima, con
presencia real en la lucha. Esa es la cuestión que no los deja dormir.
Te dicen: “Puedes solidarizarte humanitariamente con los niños, con las
madres… pero cuidado, mucho cuidado con decir que existe una resistencia
antiimperialista y que tú te solidarizas con ella. Eso es criminal”.
Ese es su planteamiento. Nosotros decimos lo contrario. Estas condiciones
históricas que han convertido a los niños de Gaza en un símbolo universal
de la libertad no existirían sin el 7 de octubre. No serían un símbolo de la
libertad si no existieran esos fedayines que cargaron una bomba y la
colocaron sobre un tanque. Solo la posición fedayín encarna
verdaderamente el contenido del humanismo. Ese “humanismo” que hoy
muchos dicen defender no es otra cosa que la traducción práctica del
sacrificio de esos combatientes que pusieron su vida y su cuerpo frente a la
maquinaria militar.
Los imperialistas, en todas sus variantes, repiten: “Solidarízate con la
víctima, pero cuidado… cuidado con solidarizarte con los fedayines
antiimperialistas”.
Y nosotros respondemos con claridad: somos antiimperialistas porque
somos fedayines. Y representamos el verdadero humanismo porque
somos fedayines que practican la lucha armada, en Palestina y fuera de
Palestina.
Entrevistador: Queremos enviar un mensaje a los pueblos del mundo y
también a América Latina.
George: El mensaje a las y los militantes de América Latina es claro: estamos
en una misma batalla. El gran temor del imperialismo es que la lucha
antiimperialista deje de ser una consigna abstracta y se convierta en una
realidad concreta, legítima y asumida por las masas. Ese es su verdadero
miedo.
“Juntos, y solo juntos, venceremos”. Nosotros, junto a las y los militantes
de América Latina y de otros lugares del mundo. Aislados, no podemos
vencer en ningún sitio. Si se nos fragmenta, ninguno de nosotros vencerá.
Cuando las masas de América Latina se movilizan por sus propias
reivindicaciones bajo la bandera palestina, lo hacen como parte de la lucha
contra el fascismo. De ese modo expresan la forma más concreta y efectiva
de solidaridad con los presos de la revolución palestina y con cada palestino
que lucha.
Este principio no es solo un lema. Las masas argentinas, palestinas, egipcias,
tienen intereses comunes frente a la barbarie del capital. Cuando la masa
social en Argentina se moviliza contra su propio fascismo, está defendiendo
también a Palestina. Cada victoria allí es una victoria aquí. Cualquier triunfo
en cualquier lugar del planeta es una victoria para todos nosotros.
Cada paso adelante en cualquier punto del mundo fortalece el conjunto de
las fuerzas revolucionarias. Cuando las hijas y los hijos del pueblo argentino
avanzan en sus luchas, ese avance es también nuestro. Y cada victoria en
Palestina es una victoria para los pueblos de Argentina, del Perú y de otros
lugares.
Las direcciones reales de la masa popular deben comprender que nuestras
luchas deben coordinarse. Tenemos que aprender a hacerlo. Cada batalla
en el Líbano debe pensarse en relación con una batalla en Argentina, en
Europa o en cualquier otro lugar. Debemos relacionarnos entre nosotros
como lo hace el capital a escala global, pero sin reproducir sus
contradicciones. “Juntos, y solo juntos, venceremos”. Ese es nuestro lema
hoy, mañana y pasado mañana.
Así construimos la masa popular con interés histórico en el cambio. Esa
masa se construye aquí y allí, y a través de esa solidaridad se forja lo que
llamamos la internacional revolucionaria. La defensa de Venezuela, la
defensa de Argentina, la defensa de la masa popular en cualquier lugar, es
una sola y la misma defensa. Cada victoria en Cuba, en Venezuela, en Rusia
o en cualquier otro punto del mundo es una victoria colectiva.
Las direcciones revolucionarias deben tener esto en cuenta al definir las
prioridades de la lucha. Nuestro enemigo es el capital global; nuestros
aliados son las masas populares. La masa popular no se construye al margen
de la coordinación: se construye dentro de ella, y parte de su identidad nace
de ese proceso. El nivel de desarrollo de la lucha popular se refleja en la
naturaleza de sus direcciones. Cuando predominan direcciones reformistas,
reaccionarias o rendidas, eso constituye una derrota también para otros
pueblos. Cuando hay direcciones revolucionarias en Palestina, eso es una
victoria para Argentina. Cuando en Argentina hay combatientes
revolucionarios, eso es una victoria para Palestina.
Esta interacción es la que permite construir una masa popular global capaz
de acabar con el sistema capitalista, un sistema en crisis permanente que
solo puede ser superado mediante su derrocamiento por las masas
organizadas. Pero esto no se logra con discursos abstractos. La masa popular
se construye mediante la práctica cotidiana del “juntos, y solo juntos,
venceremos”. Así se construye en Argentina y fuera de Argentina.
Enfrentarlos es nuestro deber: en Palestina y en cualquier lugar. Cada paso
aquí es un paso adelante allí. Cada paso allí es un paso adelante aquí.
“Juntos, y solo juntos, venceremos”.
Esto exige a las direcciones revolucionarias una posición clara. En el plano
práctico, las vanguardias palestinas y libanesas deben identificar en cada
país quiénes son los verdaderos combatientes contra el capital y contra
Israel, y aliarse con ellos. No con los discursos vacíos de las burguesías,
sino con quienes ponen su cuerpo en la lucha. Esos son nuestros
verdaderos aliados, y sobre esa base debemos actuar.



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