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Entrevista a Georges Abdallah: “Juntos, solo juntos venceremos”

Por Lisandro Brusco / Masar Badil / Resumen de Medio Oriente, 12 de enero de 2026.

Georges Ibrahim Abdallah es un militante comunista, antiimperialista,
antisionista e internacionalista nacido en el Líbano en 1951. Georges, hasta
el día de hoy sigue siendo un fedayin (un combatiente), un “pecado” que el
sistema capitalista nunca perdonó. A pesar de sus 41 años privado de la
libertad en Francia, torturado y aislado, liberado en julio de 2025 y
expulsado a Líbano, sigue sosteniendo que su identidad es la del militante
revolucionario: “En realidad, yo fui un militante dentro de la prisión. Nunca
fui un prisionero que aspira a convertirse en militante; soy militante, y como
tal lucho incluso en condiciones excepcionales…”


La vida de Georges Ibrahim Abdallah, es la historia de un joven libanés que
se unió a muy temprana edad a las filas de la revolución palestina y mundial.
Expresa la historia de la revolución palestina en el Líbano, la revolución que
comenzó después de 1967, y que, lamentablemente, fue truncada por una
conducción política palestina capituladora y claudicante; pero que continuó
con las nuevas generaciones de palestinas y palestinos de Gaza, Cisjordania,
Al Quds, Palestina del 48 y la diáspora. La historia de Georges no comenzó
desde su arresto en 1984, sino que fue mucho antes de eso. Las décadas del
60 y 70 son en las que se forja esta identidad política internacionalista de
Georges. Las grandes movilizaciones contra la guerra de Vietnam, los
movimientos estudiantiles y sociales en el 68, el mensaje de Ernesto Che
Guevara en la Tricontinental del 67, las luchas de liberación nacional, y
mucho más, convergen en la formación militante de un compañero
internacionalista que hasta el día de hoy sostiene las mismas convicciones.
El mundo ha cambiado, pero los ideales y fortaleza de George Abdallah no
han cambiado, todavía se aferra a la esencia del proyecto revolucionario
de liberación árabe, que ve a Palestina como el centro: “La liberación de
Palestina tiene un valor histórico y un valor estratégico: es la palanca
histórica del proceso de la revolución árabe.”

Beirut (18/12/2025). Entrevista realizada por compañero de Masar Badil Argentina a Georges Abdallah.
El 18 de diciembre (2025), en la ciudad de Beirut (Líbano), junto a
compañeros de Masar Badil (Movimiento Ruta Revolucionaria Alternativa
Palestina) pudimos dialogar y entrevistar a Georges Ibrahim Abdallah.


Entrevistador: Para nosotros, tu trayectoria es un ejemplo: cuarenta y un
años en prisión sin que se quebraran tus ideas. ¿Cómo lograste sostenerlas?

Georges: En realidad, yo fui un militante dentro de la prisión. Nunca fui un
prisionero que aspirara a convertirse en militante; soy militante, y como
tal lucho incluso en condiciones excepcionales, como son las del
cautiverio. La cuestión central para mí siempre ha sido la lucha; mi situación
personal es secundaria. En la medida en que mi situación permite afirmar
el proceso de lucha, me siento en una posición adecuada. Así fue como
ocurrió.
Mis convicciones se sostuvieron a través de una práctica cotidiana, junto a
compañeros y compañeras que acudían de manera constante a lo largo de
41 años. La solidaridad conmigo fue entendida como un medio para
integrarse en la lucha junto al pueblo palestino y sus masas, y también como
una forma de expresar la posición de las masas palestinas dentro del
proceso de lucha en Francia. Cuando los trabajadores se movilizan para
exigir mejoras en sus condiciones o para manifestar posiciones políticas,
quienes se solidarizan conmigo participan directamente en las
movilizaciones de la CGT (refiere a la Central General de Trabajadores de
Francia) y de otras organizaciones sindicales. De manera regular —
aproximadamente cada mes, o cada 25 o 20 días— intervenía en estas
movilizaciones. En las manifestaciones, algunos compañeros asumían la
tarea de pronunciar discursos, y así mi palabra, como militante palestino y
militante árabe encarcelado, era leída por uno de ellos. De este modo, el
tiempo transcurría dentro de una práctica de lucha, no al margen de ella.
Cuando fui liberado, la decisión judicial se basó en un argumento jurídico
fundamental: que mi permanencia en prisión perjudicaba la seguridad
nacional más que mi libertad. Sobre esa base se resolvió mi excarcelación.
Mi presencia en prisión fue, por tanto, una presencia militante. Me
relacioné con el cautiverio desde las condiciones y los fundamentos de la
lucha, no como un fin en sí mismo. No estuve en prisión para reclamar
mejoras personales, ni para exigir mi liberación, ni para proclamar mi
inocencia. Esa lógica no es aceptable para mí.
Ante los tribunales respondí a la cuestión central, relativa a las operaciones
exteriores en Francia y Europa. No existe ninguna prueba que me incrimine.
Lo que se me reprocha es mi posición política. Afirmé que esas operaciones
militares eran correctas y debían continuar, no solo en Francia, sino en todo
el mundo, especialmente en las regiones que constituyen el corazón del
sistema imperialista, el mismo que libra una guerra contra nuestro pueblo.
No solo hoy, sino ya desde los años ochenta. Hoy, esa realidad es aún más
profunda.

Entrevistador: ¿Y el contacto cuando estabas en prisión? Las noticias
políticas, la información… ¿cómo era tu vínculo con el mundo exterior?


Georges: Como mencioné en mi primera respuesta, dentro de la prisión yo
era un militante. Quienes venían a visitarme eran todas y todos militantes.
Su tarea principal era trasladar mi punto de vista al exterior; la segunda,
reforzar mi posición como militante. Por ello, se ocupaban de garantizarme
todos los medios necesarios para el conocimiento: información periodística,
cultural y política. Para dar un ejemplo sencillo: yo no carecía de tiempo por
exceso, sino por falta de tiempo. No sufrí por tener demasiado tiempo libre;
sufrí por no tener tiempo suficiente para leer todo lo que debía leer. Y
cuando digo esto, no es una metáfora literaria, es una realidad concreta.
Cada semana, los compañeros me aseguraban, solo en el plano periodístico,
cinco dossiers. Todo lo que se publicaba en árabe, francés o inglés en Líbano,
Palestina y Egipto. Cinco veces por semana. Cada dossier tenía unas 90
páginas. Es decir, alrededor de 450 páginas semanales, solo en material
informativo relacionado con la causa palestina, la situación en el Líbano, la
resistencia y las protestas en Egipto. Además, disponía de toda la prensa
francesa: la prensa de los partidos y la prensa burguesa, como Le Monde,
L’Humanité y otros medios, así como todas las publicaciones de los partidos
de izquierda, en particular de los partidos más pequeños. En ese sentido,
tenía una visión completa de todo lo que estaba disponible a nivel cultural
e informativo, incluso más amplia que la que tenían muchas personas fuera
de la prisión.
En cuanto a la formación política, mi tiempo estaba estrictamente
organizado. Si me preguntas cómo comenzaba mi día: salía de la celda a las
ocho y media de la mañana y regresaba a las diez y cuarenta y cinco. Durante
ese tiempo hacía ejercicio físico, para mantener mi cuerpo apto para el
combate, si se puede decir así.

  • De 10:45 a 11:00: aseo y ducha. De 11:00 hasta las 16:00: lectura del correo. Necesitaba mucho
    tiempo para leer las cartas y los materiales que me llegaban. De 16:00 a 19:00: lecturas teóricas. Por la noche: correspondencia relacionada con materiales teóricos y
    con lo que debía hacerse o no hacerse. Dormía cuatro horas, por lo que me despertaba a las cuatro de la
    mañana. De 4:00 a 7:00: respondía al correo personal, para preservar mi
    humanidad. Escribía a mis familiares (hija, hermano) palabras sencillas,
    saludos, gestos que me permitían mantenerme como un ser humano
    normal: alguien que sonríe al ver a un niño, que ve belleza en una flor, que
    reconoce las cosas simples de la vida cotidiana.
    A las siete de la mañana llegaba el guardia y comenzaba oficialmente el día
    de prisión. De este modo, mi jornada estaba completamente llena.
    Entrevistador: La situación en el Líbano, los palestinos en los campamentos
    de refugiados… ¿cómo encontraste a los palestinos en los campamentos y
    cuál es tu lectura de la situación política dentro de ellos y del propio Líbano?
    Georges: Los palestinos en el Líbano forman parte del componente árabe
    de la identidad histórica libanesa. En el Líbano existe una larga trayectoria
    de lucha palestino-libanesa. El torrente de sangre compartida entre
    palestinos y libaneses constituye históricamente la base fundamental de
    nuestra identidad como militantes. Mi generación se formó a partir de los
    efectos de la revolución palestina y del movimiento de resistencia palestino.
    Como partidos de resistencia, libaneses y palestinos, mantenemos una
    interacción histórica profunda.
    Lo que encontré en los campamentos confirma que Palestina sigue siendo
    la palanca histórica de la revolución árabe. Como te decía, soy palestino,
    soy libanés y soy árabe, pero también soy comunista, y observo todas
    estas dinámicas como parte de un proceso que espera el fin de la
    explotación general.
    La liberación de Palestina tiene un valor histórico y un valor estratégico: es
    la palanca histórica del proceso de la revolución árabe. No se puede separar
    una de la otra.
    El campamento —hablando en términos antropológicos— es el espacio
    donde se ha formado, a través de su propio devenir, la identidad palestina
    más íntima. Palestina entera es un conjunto de campamentos. Lo que se ve
    en Palestina, y lo que se ha visto en Gaza, es una suma de campamentos
    que han configurado esa identidad profunda del pueblo palestino. Hay que
    vivir en un campamento, dormir durante una semana en una de esas
    llamadas “casas”, para comprender cómo es la vida en su interior. ¿Qué
    decir entonces cuando esa vida se prolonga durante décadas, desde 1947 y
    antes? Eso permite entender qué es el campamento y por qué existe ese
    ensañamiento imperialista, sionista y reaccionario árabe para destruirlo.
    Destruir el campamento es destruir la identidad palestina.
    El campamento sigue siendo, hasta hoy, una fortaleza imposible de
    erradicar. Se destruye un campamento aquí y el palestino se desplaza allí
    y construye otro. No se puede crear un nuevo campamento fuera de los
    marcos de la destrucción del campamento anterior.
    No tenemos campamentos por la desertificación, ni por el hambre, ni por el
    desempleo. Tenemos campamentos porque existe una entidad que se tragó
    la tierra donde vivían estas personas; sus aldeas fueron destruidas y se
    vieron obligadas a refugiarse en campamentos.
    Y esos campamentos no fueron destruidos una sola vez. No existe un
    campamento en Palestina que no haya sido destruido más de una vez. Por
    eso, los campamentos en el Líbano —respondiendo a tu pregunta— se han
    convertido en el principal refugio de los pobres del país. En realidad, ya no
    son campamentos “palestinos” en un sentido estrictamente demográfico.
    Si vas, por ejemplo, a Shatila, encontrarás que alrededor del 20 % son
    palestinos; el resto son pobres del Líbano: sirios, iraquíes y libaneses. El
    campamento es un foco de esta transformación histórica, dentro del
    proceso objetivo de la revolución, por su contradicción real con la
    estrategia imperialista y sionista.
    Encontré un pueblo firme, pese a todas sus contradicciones. Como
    cualquier pueblo del mundo, no somos homogéneos: existen sectores
    sociales que se inclinan hacia la negociación y la capitulación. Pero existe
    una amplia mayoría de masas resistentes que se levantaron con alegría al
    ver al soldado israelí llorar y marcharse derrotado, mientras los regímenes
    y ejércitos árabes observaban pasivamente.
    Tenemos masas que buscan dirigentes y les exigen estar en una posición
    revolucionaria. Puede que esas direcciones no estén hoy en ese lugar, pero
    al final esas masas encontrarán sus direcciones efectivas, harán la
    revolución y se convertirán en el núcleo revolucionario que sacudirá al
    conjunto del mundo árabe.
    Lo que está planteado hoy es que el Líbano es el único lugar del mundo
    árabe donde existe una voluntad revolucionaria y donde existe un arma que
    no está completamente controlada por los equilibrios de poder. Por ello,
    estaremos sometidos a una presión enorme. Todo el sistema imperialista,
    todas las fuerzas vinculadas a Israel, y en particular las reacciones árabes,
    harán uso de todo su arsenal de odio para forzarnos a la rendición. Pero
    nuestro pueblo no se rendirá. Conservaremos esa arma y seremos la chispa
    que haga estallar esos sistemas oficiales que oprimen a nuestras masas en
    Egipto, Jordania y en los llamados protectorados del Golfo.
    Eso es lo que encontré en el Líbano: fuerzas vivas. Fui recibido como se
    recibe a los militantes, y me sorprendió profundamente la calidez de ese
    recibimiento. Estoy profundamente agradecido a todos los líderes que me
    recibieron, y me siento muy tranquilo ante el enorme grado de disposición
    de las masas para dar sin límites.
    Lo que nuestro pueblo ha demostrado en esta etapa es que la energía de
    las masas supera todas las estimaciones. Cuando se trata de la autodefensa
    y del futuro, las masas de nuestra nación árabe, y en particular en Palestina
    y el Líbano, se encuentran en uno de sus momentos más altos.
    Desempeñarán su papel histórico soportando la presión, tal como el pueblo
    palestino asumió históricamente la responsabilidad de enfrentar el
    asentamiento sionista en todo el Mashreq árabe (Oriente árabe). Durante
    décadas, esa carga recayó fundamentalmente sobre el pueblo palestino.
    Hoy corresponde a las masas libanesas y palestinas asumir las exigencias de
    esta etapa para que la situación árabe estalle y podamos librarnos de esos
    tiranos, de esa capa de gobernantes cuyos intereses están orgánicamente
    ligados al capital global.
    Entrevistador: Hoy muchas personas señalan que la situación económica y
    social es peor que hace años, pero al mismo tiempo aparecen voces que
    dicen que no hay que luchar, que el cambio debe limitarse a lo institucional,
    a reformas democráticas y parlamentarias, sin revolución. Se escucha esto
    en distintos países, por ejemplo en Argentina.

    George: A escala global, la situación es la siguiente: vivimos condiciones
    explosivas en todo el mundo. El movimiento del capital, el sistema
    capitalista en su conjunto, atraviesa una crisis profunda, una crisis
    estructural. Esta crisis empuja a las burguesías a enfrentarse entre sí. Lo que
    vemos con Trump, lo que vemos en Europa, lo que vemos en Rusia, indica
    que por tercera vez en menos de un siglo estamos al borde de una guerra
    mundial como consecuencia directa de la crisis del capital. Es la tercera vez
    en menos de cien años, y esto es evidente para cualquiera que observe la
    realidad. ¿Qué podemos esperar en este contexto? Las masas populares se
    enfrentan cada vez más a un proceso de fascistización a escala global. Existe
    una dinámica clara de transformación hacia el fascismo dentro del propio
    sistema capitalista, que abandona progresivamente lo que denominaba
    democracia representativa. Hoy, cada vez más, los principales partidos y
    gobiernos expresan esta deriva: en Argentina, en Italia, y con procesos
    similares avanzando en Francia, en Alemania y en Estados Unidos. Esta
    dinámica conduce a un empobrecimiento creciente de las masas, y ese
    empobrecimiento no hará sino agravarse. La cuestión central que se plantea
    es la siguiente: ¿cómo se formarán las vanguardias revolucionarias capaces
    de agrupar fuerzas para enfrentar al fascismo?
    Dicho de otro modo, la composición de la clase trabajadora actual no es la
    misma que la del siglo XX. Lo que se denomina los sectores precarizados y
    marginados constituye hoy la mayoría de la población mundial, distribuida
    a escala global. La crisis del sistema capitalista los golpea en todos los
    continentes. La pregunta es cómo estas fuerzas populares podrán
    organizarse dentro de marcos políticos dotados de un programa capaz de
    enfrentar al fascismo en Argentina, en Perú, en Francia y en otros lugares.
    Nuestra respuesta es clara: existe una gran masa social que tiene un interés
    objetivo en el cambio. Esta masa está compuesta por una combinación de
    sectores precarizados, trabajadores y otros sectores populares. A través de
    la participación concreta en las luchas cotidianas se va construyendo esta
    fuerza popular. En su proceso histórico —económico, social, político y
    cultural— esta masa se conforma en medio de contradicciones, pero bajo
    una consigna clara: juntos, y solo juntos, venceremos; juntos, y solo juntos,
    avanzaremos; juntos, en todas partes, venceremos.
    En Argentina como en Beirut, es necesario identificar los espacios comunes
    y fortalecerlos para construir una identidad compartida. La solidaridad con
    Venezuela, con Palestina, con el pueblo Kanak en Nueva Caledonia, con los
    pueblos del Caribe, forma parte de un mismo proceso. Es una solidaridad
    que forja la identidad histórica de la masa popular frente a un capital global
    que no ofrece nada más que barbarie. Esa barbarie la hemos visto en Gaza,
    en Cisjordania, en Argentina y en las periferias de pobreza y miseria; la
    vemos en África y en el sudeste asiático. El capital no tiene otra propuesta:
    solo barbarie.
    En la medida en que actuamos colectivamente en torno a objetivos
    comunes, contribuimos a construir la personalidad histórica de esta masa
    popular. La masa popular, sujeto del cambio, se forma a través de la lucha,
    no fuera de ella. En el proceso de lucha se produce la diferenciación de las
    fuerzas burguesas conciliadoras y se construye una comprensión común de
    los intereses reales de las masas. Estas masas llegarán a comprender por sí
    mismas sus intereses inmediatos e históricos. Serán ellas las que
    transformen la realidad. El papel de los militantes revolucionarios es
    contribuir a la construcción de esta masa popular sobre una base clara:
    juntos, y solo juntos, venceremos; juntos luchamos, juntos nos formamos.
    La constitución de esta masa popular le permite comprender sus intereses
    presentes, sus intereses históricos y, con ello, el movimiento general de la
    historia. Esa es la verdadera liberación: una liberación que se produce
    dentro de este proceso, no al margen de él.
  • Entrevistador: La operación del 7 de octubre, el Diluvio de Al-Aqsa… ¿Cómo
    la viviste? ¿Esperabas una operación de esta magnitud? ¿Cuáles fueron tus
    impresiones en ese momento y cuáles son ahora?

    George: Soy árabe, palestino y libanés, y abordo esta cuestión como algo
    que concierne a cualquier ser humano de esta gran patria árabe. Además,
    soy comunista, y desde esa posición analizo esta operación no solo en su
    dimensión local, sino a partir de sus efectos a escala global y en relación con
    la dinámica de la lucha revolucionaria árabe e internacional.
    Desde el punto de vista estrictamente militar, el 7 de octubre fue una
    operación relativamente limitada; no fue una operación de gran
    envergadura en términos históricos. La revolución palestina tiene más de
    cuarenta años. Que grupos de combatientes —mil, más o menos—
    realicen una acción de este tipo es algo natural, incluso algo que podría
    haberse repetido periódicamente. Sin embargo, lo que ocurrió produjo
    una serie de efectos que fueron mucho más allá de lo esperado.
    En el plano político y social, en el nivel de la reacción popular inmediata, la
    respuesta fue espontánea. Como tantos otros hijos de nuestro pueblo
    árabe, cuando vimos a un fedayín capturando a un soldado israelí sobre un
    tanque, aplaudimos y estallamos de alegría. Esa fue una reacción natural, al
    ver a los combatientes actuar como corresponde a combatientes. Más
    tarde, al analizar la operación en detalle, es legítimo decir que algunas cosas
    podrían haberse hecho de otro modo. Pero, en su orientación general, fue
    una operación militar altamente exitosa.
    Ahora bien, hubo efectos que no todos percibieron de inmediato. Esta
    operación reveló una realidad que no estaba completamente visible.
    Cuando Israel se enfrentó a la violencia palestina, respondió de manera
    bárbara, como era previsible. Pero esa respuesta transformó a toda la región
    en una zona insegura para el capital global, y este es el punto central.
    Para comprenderlo, hay que entender qué es Israel. Hasta la década de
    1970, Israel no contaba con grandes instituciones financieras privadas:
    bancos, sistemas de seguros y estructuras financieras clave seguían siendo
    de carácter público. En los años ochenta, con la llegada de cerca de un
    millón de colonos procedentes de la Unión Soviética, llegaron también
    enormes cantidades de capital, muchas veces por vías ilegales desde el
    punto de vista del propio capitalismo. Junto con ese capital llegó una masa
    humana altamente cualificada, formada científicamente, lo que permitió a
    Israel dar un salto cualitativo y construir lo que se conoce como su “Silicon
    Valley”. El 7 de octubre golpeó ese núcleo estratégico. No porque lo
    destruyera físicamente, sino porque el capital no puede permanecer donde
    existe un conflicto armado abierto. Nadie esperaba este efecto. Y es
    precisamente esto lo que sitúa a Israel en la fase final de su existencia
    histórica.
    El proyecto de la llamada “Gran Israel” era viable mientras ese Silicon Valley
    funcionara. No se trataba de una ocupación militar clásica, sino de un
    dominio económico y administrativo de toda la región, similar al que se
    ejerce sobre los llamados Estados del Golfo. El 7 de octubre canceló ese
    proyecto, incluso sin que quienes lo llevaron a cabo fueran necesariamente
    conscientes de esta dimensión estratégica.
    Además, el 7 de octubre impidió la normalización entre Arabia Saudí e
    Israel. No debemos olvidar que Gaza es una enorme prisión, y que los planes
    consistían en ampliar aún más ese encierro. El 7 de octubre fue la explosión
    de esa prisión, y esa explosión alteró todos los proyectos regionales.
    Occidente respondió desplegando todo su arsenal de barbarie y
    criminalidad, pero el pueblo palestino permaneció en pie, con sus heridas y
    con sus niños, sin rendirse. Ofreció un ejemplo de resistencia que la
    humanidad no había visto ni en Dien Bien Phu ni en Stalingrado. Nunca un
    pueblo había combatido de esa manera en defensa de su propia existencia.
    A escala mundial, el impacto fue inmediato. Por primera vez en la historia
    del capitalismo occidental, una guerra de exterminio pudo ser observada en
    tiempo real, hora tras hora. El argentino, el boliviano, el pakistaní pudieron
    ver diariamente el genocidio desplegarse ante sus ojos. Esto empujó a
    amplios sectores de la juventud a levantarse: primero desde una solidaridad
    humana, luego desde una comprensión política más profunda. Esa
    movilización comenzó a adquirir un carácter claro de confrontación con la
    “fascistización del exterminio”. En un contexto global marcado por la crisis
    del capitalismo y la posibilidad real de una tercera guerra mundial, la causa
    palestina se convirtió en una bandera contra el avance del fascismo en
    Europa y en el mundo.
    Por eso, cuando comenzaron las manifestaciones en Europa y en Estados
    Unidos, los gobiernos intentaron prohibirlas y criminalizarlas. Llevar una
    kufiya o una bandera palestina podía llevar a la cárcel o ser acusado de
    antisemitismo. Hoy, sin embargo, no hay ciudad en el mundo donde no se
    levante la bandera palestina y la kufiya como símbolo no solo de solidaridad,
    sino de resistencia al fascismo en los propios países.
    Netanyahu es una expresión concreta del fascismo. Israel, como entidad, es
    una extensión orgánica del imperialismo occidental, que se formó
    históricamente a través de guerras de exterminio. Estados Unidos, América
    Latina, Australia: todos estos proyectos estatales se construyeron sobre
    genocidios masivos. Israel es la última expresión de esa lógica.
    La guerra de exterminio contra el pueblo palestino no comenzó en Gaza;
    comenzó a finales del siglo XIX. En 1948, cuando el pueblo palestino no
    llegaba al millón de personas, resistió. Hoy supera los catorce millones.
    Dentro de Palestina histórica, los palestinos son ya más numerosos que los
    colonos. Esto demuestra que la guerra de exterminio ha fracasado.
    El 7 de octubre le dijo a este proyecto colonial: has llegado a tu final. La
    violencia desatada hoy en Gaza y en el Líbano es la expresión de ese último
    capítulo. Israel ya no puede presentarse ante los pueblos del mundo como
    una “democracia”. Se ha revelado como lo que es: un símbolo absoluto de
    barbarie. Sin ese respaldo moral y político del Occidente imperialista,
    Israel no puede sostenerse. Podrán seguir enviándole armas, pero las
    armas no cambian la historia. Son los pueblos quienes la hacen. Y el
    pueblo palestino, con medios rudimentarios, ha demostrado una fuerza
    superior a todo el arsenal militar.
    Durante más de un siglo, el pueblo palestino ha resistido una guerra de
    exterminio en nombre de todo el Mashreq árabe. El proyecto colonial no
    apuntaba solo a Palestina, sino a toda la región. Y ha sido el pueblo
    palestino, vanguardia de esta nación, quien pagó el precio con la sangre de
    sus hijos y ha triunfado. Hoy, el mundo le dice: no solo has resistido, has
    vencido. Y no solo como palestino, sino como bandera de la lucha contra el
    fascismo que avanza en todas partes.
    Estos son los efectos históricos del 7 de octubre.
    Entrevistador: Con el llamado alto el fuego se ha visto cierta desmovilización
    a escala mundial. ¿Cómo analizas esto?

    Georges: Lo que se denomina “alto el fuego” es una etapa dentro de este
    conflicto, una etapa importante. Pero hay que analizar cuáles son sus
    fundamentos reales. El trasfondo principal es el papel de las reacciones
    árabes en el intento de desarmar a la resistencia.
    La preocupación central que sacude al imperialismo es que la lucha
    armada en Palestina ha producido un efecto global que no esperaban. El
    fedayín se ha convertido en el representante del verdadero humanismo,
    el que transformó la kufiya en un símbolo universal de libertad y de
    oposición al fascismo. Por eso recurren a todos los medios posibles para
    poner fin a esta forma de lucha. Eso es, en esencia, lo que está en juego en
    el llamado alto el fuego. Han dividido este proceso en tres o cuatro fases.
    La primera fase consiste en decir: “les permitiremos comer, no hemos
    logrado exterminarlos”.
    Luego plantean una segunda fase: que, bajo cobertura religiosa o regional,
    la reacción árabe entre en Gaza. Pero para que entre, exigen la presencia de
    fuerzas internacionales destinadas a desarmar a los llamados “terroristas”.
    Nosotros decimos con claridad: ese armamento no será desarmado. Ese
    armamento es un símbolo de humanidad. Es ese armamento el que
    permitió que miles y cientos de miles de jóvenes salieran a las calles del
    mundo levantando la bandera de la libertad representada por la kufiya
    palestina.
    Si esa reacción árabe intenta entrar en Gaza, la aplastaremos. Y si las fuerzas
    imperialistas intentan entrar en Gaza, las enfrentaremos y las destruiremos
    en el pleno sentido de la palabra.

    Las burguesías europeas y globales, bajo la presión de las movilizaciones
    populares en Europa, en Estados Unidos y a escala mundial, han comenzado
    a hacer ciertas concesiones en el plano discursivo. Hoy te dicen: pueden
    solidarizarse con la “víctima palestina”, con el pueblo palestino hambriento,
    asesinado, bombardeado. Eso está permitido. Pero no pueden solidarizarse
    con quienes son antiimperialistas.
    Puedes solidarizarte con la víctima en tanto víctima. Pero que esa víctima se
    transforme en sujeto histórico, en actor político, eso no: entonces pasa a ser
    “terrorista”. Puedes denunciar que un pueblo está siendo exterminado,
    puedes afirmar que es una víctima. Pero no tienes derecho —según ellos—
    a solidarizarte con quienes luchan en armas para defender a ese pueblo.
    Las fuerzas imperialistas dicen claramente: el verdadero problema es que
    hoy se plantee el antiimperialismo como una posición política legítima, con
    presencia real en la lucha. Esa es la cuestión que no los deja dormir.
    Te dicen: “Puedes solidarizarte humanitariamente con los niños, con las
    madres… pero cuidado, mucho cuidado con decir que existe una resistencia
    antiimperialista y que tú te solidarizas con ella. Eso es criminal”.
    Ese es su planteamiento. Nosotros decimos lo contrario. Estas condiciones
    históricas que han convertido a los niños de Gaza en un símbolo universal
    de la libertad no existirían sin el 7 de octubre. No serían un símbolo de la
    libertad si no existieran esos fedayines que cargaron una bomba y la
    colocaron sobre un tanque. Solo la posición fedayín encarna
    verdaderamente el contenido del humanismo. Ese “humanismo” que hoy
    muchos dicen defender no es otra cosa que la traducción práctica del
    sacrificio de esos combatientes que pusieron su vida y su cuerpo frente a la
    maquinaria militar.
    Los imperialistas, en todas sus variantes, repiten: “Solidarízate con la
    víctima, pero cuidado… cuidado con solidarizarte con los fedayines
    antiimperialistas”.
    Y nosotros respondemos con claridad: somos antiimperialistas porque
    somos fedayines. Y representamos el verdadero humanismo porque
    somos fedayines que practican la lucha armada, en Palestina y fuera de
    Palestina.
    Entrevistador: Queremos enviar un mensaje a los pueblos del mundo y
    también a América Latina.

    George: El mensaje a las y los militantes de América Latina es claro: estamos
    en una misma batalla. El gran temor del imperialismo es que la lucha
    antiimperialista deje de ser una consigna abstracta y se convierta en una
    realidad concreta, legítima y asumida por las masas. Ese es su verdadero
    miedo.
    “Juntos, y solo juntos, venceremos”. Nosotros, junto a las y los militantes
    de América Latina y de otros lugares del mundo. Aislados, no podemos
    vencer en ningún sitio. Si se nos fragmenta, ninguno de nosotros vencerá.
    Cuando las masas de América Latina se movilizan por sus propias
    reivindicaciones bajo la bandera palestina, lo hacen como parte de la lucha
    contra el fascismo. De ese modo expresan la forma más concreta y efectiva
    de solidaridad con los presos de la revolución palestina y con cada palestino
    que lucha.
    Este principio no es solo un lema. Las masas argentinas, palestinas, egipcias,
    tienen intereses comunes frente a la barbarie del capital. Cuando la masa
    social en Argentina se moviliza contra su propio fascismo, está defendiendo
    también a Palestina. Cada victoria allí es una victoria aquí. Cualquier triunfo
    en cualquier lugar del planeta es una victoria para todos nosotros.
    Cada paso adelante en cualquier punto del mundo fortalece el conjunto de
    las fuerzas revolucionarias. Cuando las hijas y los hijos del pueblo argentino
    avanzan en sus luchas, ese avance es también nuestro. Y cada victoria en
    Palestina es una victoria para los pueblos de Argentina, del Perú y de otros
    lugares.
    Las direcciones reales de la masa popular deben comprender que nuestras
    luchas deben coordinarse. Tenemos que aprender a hacerlo. Cada batalla
    en el Líbano debe pensarse en relación con una batalla en Argentina, en
    Europa o en cualquier otro lugar. Debemos relacionarnos entre nosotros
    como lo hace el capital a escala global, pero sin reproducir sus
    contradicciones. “Juntos, y solo juntos, venceremos”. Ese es nuestro lema
    hoy, mañana y pasado mañana.
    Así construimos la masa popular con interés histórico en el cambio. Esa
    masa se construye aquí y allí, y a través de esa solidaridad se forja lo que
    llamamos la internacional revolucionaria. La defensa de Venezuela, la
    defensa de Argentina, la defensa de la masa popular en cualquier lugar, es
    una sola y la misma defensa. Cada victoria en Cuba, en Venezuela, en Rusia
    o en cualquier otro punto del mundo es una victoria colectiva.
    Las direcciones revolucionarias deben tener esto en cuenta al definir las
    prioridades de la lucha. Nuestro enemigo es el capital global; nuestros
    aliados son las masas populares. La masa popular no se construye al margen
    de la coordinación: se construye dentro de ella, y parte de su identidad nace
    de ese proceso. El nivel de desarrollo de la lucha popular se refleja en la
    naturaleza de sus direcciones. Cuando predominan direcciones reformistas,
    reaccionarias o rendidas, eso constituye una derrota también para otros
    pueblos. Cuando hay direcciones revolucionarias en Palestina, eso es una
    victoria para Argentina. Cuando en Argentina hay combatientes
    revolucionarios, eso es una victoria para Palestina.
    Esta interacción es la que permite construir una masa popular global capaz
    de acabar con el sistema capitalista, un sistema en crisis permanente que
    solo puede ser superado mediante su derrocamiento por las masas
    organizadas. Pero esto no se logra con discursos abstractos. La masa popular
    se construye mediante la práctica cotidiana del “juntos, y solo juntos,
    venceremos”. Así se construye en Argentina y fuera de Argentina.
    Enfrentarlos es nuestro deber: en Palestina y en cualquier lugar. Cada paso
    aquí es un paso adelante allí. Cada paso allí es un paso adelante aquí.
    “Juntos, y solo juntos, venceremos”.
    Esto exige a las direcciones revolucionarias una posición clara. En el plano
    práctico, las vanguardias palestinas y libanesas deben identificar en cada
    país quiénes son los verdaderos combatientes contra el capital y contra
    Israel, y aliarse con ellos. No con los discursos vacíos de las burguesías,
    sino con quienes ponen su cuerpo en la lucha. Esos son nuestros
    verdaderos aliados, y sobre esa base debemos actuar.

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