Artículo publicado en la revista n.º 3 ConCiencia de Clase.

El arte no es un espejo para reflejar la realidad,
sino un martillo para darle forma.
…Nuestras derrotas
lo único que demuestran
es que somos pocos
los que luchan contra la infamia.
Y de los espectadores, esperamos
que al menos se sientan avergonzados.
Madre Coraje sigue tirando del carro, sola, vendiendo mercadería para la muerte en una guerra sin fin. Así finaliza la obra que escribiera Brecht. Finaliza la obra que no la guerra, porque incluso la paz tiene cabida como esos ratos pacíficos para volver con más himno de pólvora: La paz no significa más que relajamiento, sólo la guerra trae orden.
Madre Coraje (Anna Fierling) equilibrista del cambalache entre cañones, acaba sola sin hijos que tiren del carro, pues han sido tributo de sacrificio. Es una pieza necesaria para que la trituradora de carne siga girando para mayor gloria y foruna de los poderosos. Fatal y resignada, termina siguiendo los ecos de los tambores mientras una canción suena a los lejos,
con su peligros y sus azares
La guerra nunca llega a su fin.
Comiendo mierda y el culo roto
su paga, alguien se la llevó.
En primavera. ¡Alza cristiano!
La nieve funde. Descansa el muerto.
Si queda alguien que aún esté sano
puede largarse. Será un acierto.
Porque la justa paz es un pésimo negocio, significa la ruina de los que medran desde dentro de la valla del “jardín” en donde, a los pies de un espino, figura la palabra “democracia” comida por los yerbajos.
Cuando los de arriba hablan de paz
el pueblo llano sabe
que habrá guerra.
Cuando los de arriba maldicen la guerra,
ya están escritas las hojas de movilización.
No son estas madres de aséptica afición a la botánica, ni los padres de sillón blando y jet privado, los que ponen sus vástagos a la orden de sus intereses. No son los hijos de los que se llenan los bolsillos en el supermercado de la muerte, los que huelen la pólvora desde la última planta de su torre de cristales tintados.
Al final de la última guerra
hubo vencedores y vencidos.
Entre los vencidos, los de abajo
pasaron hambre. Entre los vencedores
los de abajo pasaron hambre también.
Pero siguen hablando de árboles para tapar el bosque de la miseria, del hambre.
¡Qué tiempos son estos, en que
hablar sobre árboles es casi un crimen
porque implica silenciar tanta injusticia!
Hablan del clima, de la vírica amenaza, de la mugre ordenada por colores que no contamina y te limpia la mala conciencia. Vuelve la amenaza del bárbaro, del feroz eslavo y vuelve a alzarse la sombra de Barbarroja con gula de Lebensraum.
En el muro habían escrito con tiza:
quieren la guerra.
Quien lo escribió
ya ha caído.
Recuerdo aquel poema de Kavafis, “Esperando a los bárbaros”, todo un tratado de ingeniería social en verso, de distraerte la mirada para que no veas. Qué útiles los bárbaros siempre llegando sin llegar siempre. Y nosotros miopes sin ver a los bárbaros de dentro, tan acostumbrados a los bárbaros de dentro, a su civilizado acento, a sus prudentes corbatas, tras los atriles, tan familiares ellos. Siempre anunciando la amenaza de los bárbaros que tardan, que no llegan,
porque ya estaban los bárbaros,
antes que tú,
antes que el miedo.
Los griegos llamaban “bárbaro” al extranjero, pero como escribió Brecht los de abajo son tan extranjeros para los de arriba, que pueden, sí, provocar la miseria; pero no pueden contemplarla.
Hablar de comida es bajo.
Y se comprende porque
ya han comido.
Los de abajo tienen que irse del mundo
sin saber lo que es
comer buena carne.
Para pensar de dónde vienen
y a dónde van,
están demasiado cansados.
Todavía no han visto
el vasto mar y la montaña
cuando ya su tiempo ha pasado.
Si los que viven abajo
no piensan en la vida de abajo,
jamás subirán.
A una ciénaga llevan en este tiempo, los truncados caminos de la libertad. Si acaban ganando ellos, tendremos caminos infinitos sembrados de cipreses por lo que nadie pasea, mientras cualquier Madre Coraje pasará arrastrando su carreta con cincuenta panes duros colgando, buscando a sus hijos.
Y después vendrán otras hijas con otras madres,
Es de noche.
Las parejas
van a la cama. Las mujeres jóvenes
parirán huérfanos.
¡Cuándo llegará el día en que las madres de los soldados muertos sean los jueces de los señores de la guerra! Cuándo llegará el día que…
considerando: dais oídos a cañones.
Otro lenguaje no podéis entender.
¡Tenemos pues, sí, esto valdrá la pena,
Que girar los cañones hacia vosotros!
Temen ese día, temen que el Ángel de la Historia de W. Benjamin entienda, que de las cenizas del pasado puede surgir un futuro de justicia revolucionaria.
Esos que pretenden, para reformarnos, vencer nuestro instinto criminal, que nos den primero de comer. De moral hablaremos después. Esos que no se olvidan de cuidar nuestra formación, sin que por ello dejen de engordar, escuchen esto: por más que le den vueltas, primero es comer, y después de hartos ¡venga la moral!
Bertolt Brecht está alejado de nuestros escenarios y no es casualidad en estos tiempos de pensamiento Prêt-à-porter. Volver a leerlo es un antídoto contra la indiferencia. Porque como dijo A. Gramsci: “La indiferencia es el peso muerto de la historia”.
Señores, no estén tan contentos con la derrota [de Hitler].
Porque aunque el mundo se haya puesto de pie y haya detenido al Bastardo,
la Puta que lo parió está caliente de nuevo.
Juan C. Puerta




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