Ángeles Maestro, en nombre de la Coordinación de Núcleos Comunistas.
Febrero de 2023

Y lo que hay de fundamento revolucionario en la ciencia proletaria, no es solo que ella oponga a la sociedad burguesa contenidos revolucionarios sino que es, en primerísimo lugar, la esencia revolucionaria del método en sí. El reinado de la categoría de totalidad es el portador del principio revolucionario en la ciencia.
G. Lukacs
1. Un elefante en el cuarto. El caso de la pandemia Covid.
La comprensión de la lucha de clases como motor de la historia, la afirmación de que el proletariado actuando como clase para sí es el sujeto de la revolución, o la crítica a la desvinculación de luchas parciales del combate general de la clase obrera por su emancipación, forman parte, aunque muchas veces vaciadas de consecuencias prácticas, del discurso de las organizaciones marxistas.
Por otra parte, el análisis de totalidad de la forma en la que se expresan, aquí y ahora, las principales contradicciones de la sociedad capitalista tiene por objetivo la caracterización de los diferentes aspectos de la dominación de clase, no como ejercicio teórico, sino porque es imprescindible para diseñar la estrategia y la táctica de la revolución en las condiciones actuales, y lo que es aún más importante, para caracterizar la organización del partido comunista revolucionario.
Si las organizaciones revolucionarias no analizan como un todo las diferentes formas concretas: económicas, políticas, ideológicas, culturales, legales y represivas mediante las cuales se reproduce y se perpetúa el dominio de la burguesía sobre la clase obrera en cada momento histórico, sobre todo en momentos de crisis aguda como los actuales, y se excluyen – por las razones que sea – aspectos cruciales como el conjunto de mecanismos e instituciones que han operado con el pretexto del Covid, corren el riesgo de no interpretar adecuadamente los planes del enemigo de clase, y, lo que es tanto o más grave, de no valorar sus consecuencias sobre la subjetividad de las masas populares.
Los principios enunciados más arriba, que serían suscritos sin dudar por cualquier organización comunista, se han desplomado cuando se trata de caracterizar la gestión de la pandemia Covid por los gobiernos de la burguesía como un gran experimento de control social, funcional a sus planes de “salida” a la crisis general del capitalismo. Y esto no es un asunto del pasado. El éxito alcanzado por el Estado para imponer medidas inéditas de conculcación de derechos y libertades, de debilitamiento de organizaciones obreras y populares, e incluso de enfrentamientos en el seno de las mismas, hará que, con toda probabilidad, ante la agudización de la crisis, estas medidas se repitan e incluso adquieran tintes aún más drásticos.
La renuncia a abordar, desde una perspectiva de clase, la coherencia interna de las medidas implantadas por los diferentes gobiernos para “luchar” contra el Covid 19, pone en evidencia que, pese a la reivindicación del análisis marxista, se han obviado asuntos trascendentales desde la perspectiva revolucionaria como la naturaleza de clase del Estado, el sometimiento de la ciencia a los intereses del capital, en concreto a las multinacionales farmacéuticas, así como su control absoluto de las principales instituciones sanitarias nacionales e internacionales.
Tener en cuenta estos aspectos, precisamente en un momento histórico en el que la centralización y concentración del capital adquiere proporciones gigantescas y sus instrumentos de dominación se jerarquizan e internacionalizan como nunca antes, es clave, no solo desde el punto de vista teórico, como movimiento del pensamiento, sino que es imprescindible para que el proletariado identifique adecuadamente el funcionamiento de los aparatos ideológicos y represivos del Estado y construya su independencia de clase.
La naturaleza de clase del Estado, obviamente más allá del color de los gobiernos de turno, fue desplegada en toda su crudeza en la pandemia Covid mediante la ocupación por el ejército de todos los pueblos y ciudades del Estado español, así como por la policía y la Guardia Civil, la declaración de los Estados de Alarma, posteriormente declarados inconstitucionales, o el endurecimiento de las leyes represivas – y, muy especialmente el proyecto de implantar la Ley de Seguridad Nacional (1).
Estos aspectos, así como el control absoluto de la información y la implantación de medidas de censura sin precedentes en las democracias burguesas – las mismas, tanto para el Covid, como para la guerra de la OTAN contra Rusia – han contado y cuentan con la colaboración decisiva de la socialdemocracia y de los grandes sindicatos. Obviamente, esto no es una novedad. Pero si lo es, que los sindicatos alternativos y la gran mayoría de las organizaciones autodefinidas como revolucionarias no lo hayan identificado como un brutal ataque contra la clase obrera.
Si no lo hubiéramos vivido resultaría inconcebible que estas organizaciones hayan aceptado que el mismo Estado, que independientemente de quien gobierne, ejecuta con mano de hierro reformas laborales, que desmantela los servicios públicos, especialmente la sanidad, que mantiene intactas las leyes represivas, o que envía armas a los nazis ucranianos, haya llevado a cabo todas esas medidas “para proteger nuestra salud”. Todo ello a pesar de que tales medidas configuran un Estado de tintes cada vez más claramente fascistas que persigue la militarización de la sociedad, la persecución de voces críticas y la represión de las luchas obreras y populares.
El desconocimiento del control por parte del capital, y el sometimiento de los descubrimientos científicos a sus objetivos de beneficio de la práctica totalidad de la investigación – incluida la que se financia con medios públicos – el plan Bolonia es buena muestra – es especialmente lacerante cuando se trata de las grandes multinacionales farmacéuticas. Su largo historial criminal al servicio de la introducción de fármacos ineficaces e inseguros, manipulando ensayos clínicos y sobornando masivamente a gobiernos y autoridades sanitarias, está suficientemente acreditado con sentencias judiciales y sanciones multimillonarias y, sobre todo, con centenares de miles de muertos.
Todo ello ha adquirido proporciones descomunales con la introducción de las vacunas ARNm que no me detengo a detallar aquí porque está suficientemente analizado en los informes de CNC(2). Sólo destaco que desde su implantación, se han producido en la UE más de 50.000 muertes y más de 2 millones de efectos graves en la UE, según datos oficiales de la EMA, que reconoce que se declaran solo un 1% de los casos, y que, en el Estado español, desde la implantación de dichas vacunas hay un exceso de mortalidad de más de 30.000 personas, excluyendo las muertes por Covid y los golpes de calor (3). Todo ello sin que el Gobierno, según ha declarado recientemente la Ministra de Sanidad en el Congreso de los Diputados, “tenga entre sus prioridades investigar las causas”. Así mismo, según declaraciones de la CEO de Pfizer en el Parlamento europeo, nunca se constató en los ensayos clínicos que las personas vacunadas dejaran de contagiar, a pesar de que ese fue el argumento básico para implantar los “pases Covid” o para llevar a cabo la coerción a la vacunación, especialmente sangrante en el caso de los niños que no tenían ningún riesgo, ni de enfermar gravemente, y mucho menos de morir, “por solidaridad”.
2. El “Gran Reinicio” y los planes de la burguesía para “salir” de la crisis.
Esta crisis, la mayor de la historia del capitalismo, tiene lugar cuando se ha llevado a cabo una inédita centralización del capital en todas su formas, acelerada por los avances científicos-técnicos de la 4ª revolución industrial (informática, robótica, inteligencia artificial, neurociencia).
La oligarquía, que a través de los grandes fondos de inversión controla los centros claves del capital financiero, industrial, militar y comercial, tiene hoy en su mano los instrumentos para llevar a cabo, a través de los gobiernos a su servicio, las decisiones políticas necesarias para acometer las transformaciones con las que el capitalismo ha enfrentado todas sus grandes crisis: destrucción a gran escala del capital menos competitivo, aceleración de la concentración de las grandes empresas en cada vez menos manos y “saneamiento” del mercado para empezar de nuevo, cambiando las reglas del juego.
La liquidación masiva de empresas y de puestos de trabajo, unida a la sustitución de trabajo humano mediante la digitalización, la robótica, la nanotecnología, etc. está hundiendo en el paro, sin expectativa alguna de conseguir un empleo a millones de trabajadoras y trabajadores, y dejando sin futuro alguno a la juventud.
Es evidente que esta situación, que sus planes plantean como irreversible, va a producir revueltas sociales generalizadas que pueden desembocar en procesos revolucionarios. Y quienes están diseñando “el Gran Reset” lo saben perfectamente.
La preocupación mayor de las clases dominantes, a lo largo de la historia del capitalismo y ahora con más razón, es impedir que el cumplimiento de su objetivo prioritario de maximizar beneficios incrementando la explotación, pueda conducir a la insurrección de quienes no tienen más que su fuerza de trabajo para sobrevivir y que les arrebaten el poder.
La psicosis de terror ante el Covid y las brutales medidas represivas impuestas, que hasta ahora solo se tomaban en tiempos de guerra, como el confinamiento, la paralización de la producción o la suspensión de derechos fundamentales, como el de reunión o manifestación, han permitido la destrucción de decenas de miles de pequeñas y medianas empresas, prácticamente sin resistencia.
Esta experiencia, que ha hecho posible que las grandes multinacionales tecnológicas, las GAFAM (Google, Alphabet, Apple, Facebook , Meta, Amazon y Microsoft) hayan doblado su valor en bolsa durante la pandemia, ha permitido además a las clases dominantes comprobar hasta qué punto pueden reducir a la clase obrera, mediante el miedo, a una masa informe de seres sumisos, inoculando el enfrentamiento entre ellos e incluso denunciando a quienes se resisten, y reprimir a quienes no aceptaran el avasallamiento, como en tiempos más negros del fascismo.
La oligarquía reunida en el Foro Económico Mundial de Davos de 2021 no cabía en sí de gozo al comprobar la eficacia del disciplinamiento social y, al mismo tiempo el rápido avance de la digitalización, del trabajo telemático, la implantación del pase Covid, del uso masivo de la tarjeta bancaria – precedentes de mecanismos de control de poblaciones – o la generalización de las compras por internet. Pero, sobre todo, el confinamiento aceleró exponencialmente el uso de redes sociales, la visualización de series y, especialmente en los más jóvenes, de los juegos “on line”, cuyas plataformas y contenidos, producidos por las grandes empresas tecnológicas, permiten la evasión masiva de una realidad cada vez más hostil y conducen al aislamiento, destruyendo las relaciones sociales.
El aumento espectacular de los suicidios (4), especialmente en la juventud, e incluso en niños cada vez más pequeños o el incremento del consumo de ansiolíticos y antidepresivos, son, probablemente, las consecuencias más dramáticas sobre la mente humana de la implantación de formas de vida que transforman a las personas en una especie de zombis solitarios, convertidos en instrumentos fundamentales para implantar su proyecto de dominación sin resistencia.
Todos estos mecanismos se ceban especialmente en la juventud, en los hijos e hijas de la clase obrera, a quienes esta “reconfiguración” del capitalismo no ofrece futuro alguno y que deberían ser los principales protagonistas de la resistencia y la rebelión. Su autoexclusión de la vida social y su aniquilación como seres pensantes capaces de tomar decisiones, que está siendo alimentada además con la introducción masiva de drogas especialmente en los barrios obreros, es condición clave para la implantación de este proyecto criminal de destrucción social y de dominación.
Esa es la materialización del macabro lema de la agenda 2030, “no tendrás nada y serás feliz”.
3. La ofensiva de EE. UU. contra la U.E. Destrucción de empresas y de puestos de trabajo, militarización y guerra.
Al igual que la gestión de la pandemia Covid estuvo dirigida por EE.UU y seguida disciplinadamente por la UE, los intereses geoestratégicos y económicos de EE.UU están dictando las medidas que, asumidas dócilmente por los gobiernos europeos, están llevando a su autodestrucción económica y, más que nunca, a su subordinación militar total a través de la OTAN.
El interés histórico anglosajón por desvincular a Europa de Rusia se está imponiendo a la UE haciéndola protagonista de su desindustrialización y de la depauperación masiva de la clase obrera. La guerra de la OTAN contra Moscú, tanto a través de las sanciones ejecutadas por la UE contra la lógica más elemental que tuviera en cuenta los propios intereses económicos de sus miembros, como imponiéndole gastos militares sin precedentes, es también una guerra contra Europa.
La destrucción del gaseoducto Nord Stream II, que hubiera permitido la llegada a la UE de gas ruso barato y de excelente calidad, perpetrada por Gran Bretaña, junto a las sanciones que impiden la compra de gas, petróleo ruso y materias primas, están provocando una elevación descomunal del precio de la energía que está hundiendo la industria europea, al tiempo que deja a millones de trabajadores en el paro. Así mismo, el encarecimiento de productos básicos, como la energía y los alimentos, está destruyendo las condiciones de vida de la inmensa mayoría de las clases populares.
La imposición de comprar a EE.UU gas licuado procedente del fracking, que empezó meses antes de comenzar la intervención de Rusia en Ucrania, y que es mucho más caro, además de insuficiente, está permitiendo que USA, aun en medio de la crisis, consiga niveles de crecimiento del 4%, mientras la recesión asola a la UE. El sometimiento a EE.UU de los gobiernos de la UE es especialmente clamoroso en el caso del Gobierno español. La decisión del Gobierno PSOE-UP de reconocer la soberanía de Marruecos sobre el Sahara, además de traicionar al pueblo saharaui, ha comprometido la llegada de gas argelino que ya se ha encarecido en un 70%.
La destrucción de empresas europeas se ve incrementada además por la subida descomunal de los tipos de interés ejecutada por el BCE, siguiendo la estela de la Reserva Federal de EE.UU. El pretexto aducido es la “lucha contra la inflación”; inflación que crearon ellos mismos favoreciendo el recurso generalizado al crédito con tipos de interés cercanos a 0 y, sobre todo, creando dinero artificialmente (la Reserva Federal y el BCE fabricaron de la nada 22 billones de dólares en los últimos cuatro años). El resultado, de ninguna manera casual, es el cierre masivo de empresas y de puestos de trabajo y una carestía de alimentos, productos básicos para la supervivencia y de la energía para los hogares, poniendo a millones de familias en situación límite.
A todo ello se añade un incremento histórico y sin precedentes de los gastos militares, impuesto por la OTAN, a costa de la aceleración del desmantelamiento y privatización de los servicios públicos, destacadamente de la sanidad, que ya venía produciéndose desde que, con el apoyo de PP, PSOE y las derechas nacionalistas, se aprobara la Ley 15/97, que sigue intacta a pesar de los compromisos electorales de Unidas Podemos.
Esta autodestrucción de la UE y de las condiciones de vida de la clase obrera se produce porque las oligarquías europeas y los gobiernos a su servicio forman parte del proyecto imperialista de “destrucción creativa” diseñado por los grandes centros de poder. La militarización social, ya ensayada con la pandemia Covid, y todas las demás leyes represivas, de la que forma parte destacada la Ley de Seguridad Nacional y a la que se añade la reciente modificación del Código Penal para penalizar aún más cualquier intento de movilización social, pretenden asegurar el mantenimiento de la dominación del capital frente a posibles levantamientos sociales.
4. El imperialismo y el fascismo, una alianza de larga data.
En una situación de grave crisis como la actual, en la que no cabe esperanza alguna de solución para la inmensa mayoría de la población, reaparece el auge del fascismo como recurso de la burguesía frente a la agudización de la lucha de clases.
La alianza de la OTAN con el fascismo no es de ahora; es una constante desde la II Guerra Mundial.
Antes de terminar la guerra y en plena batalla de Berlín, Allen Welsh Dulles, trabajando para la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos de EE.UU), antecesora de la CIA y de la que sería su primer director civil, puso en marcha la Operación Paperclip destinada a trasladar 1.600 científicos nazis a universidades e instituciones militares de EE.UU. Muchos de ellos, expertos en armas biológicas y químicas, habían participado directamente en experimentos médicos que ocasionaron la muerte de miles de prisioneros en los campos de Dachau y Ravensbrük. Fueron juzgados en Núremberg por ello, pero EE.UU procuró su absolución.
La perpetración de atentados terroristas en diferentes países de Europa, como los llevados a cabo por la Red Gladio, muestran la colaboración entre la OTAN, grupos fascistas y servicios secretos militares para la desestabilización de gobiernos no lo suficientemente dóciles y, en general en la lucha contra el comunismo.
Hoy la colaboración directa de EE.UU y la UE con los fascistas ucranianos es la actualización de esa alianza y pone de manifiesto cómo “gobiernos progresistas” como el del PSOE-Unidas Podemos, mientras agitan el espantajo de que “viene VOX”, se manchan las manos con la sangre de los antifascistas del Donbass, apoyando a los nazis de Ucrania.
Esta línea de continuidad política, ideológica y militar entre el fascismo y la OTAN, con el anticomunismo como eje vertebrador y la subyugación de Europa, sometiéndola a los intereses de EE.UU, para cortocircuitar sus naturales relaciones económicas, comerciales, culturales, etc con Rusia, explican sobradamente buena parte de los acontecimientos políticos acaecidos desde la II Guerra Mundial en el continente europeo y en el presente.
Pero no se trata sólo de lo que ocurre en Ucrania. La evidencia de que el Gobierno “progre” no resuelve los problemas de la clase obrera y que actúa siguiendo con la mayor disciplina la agenda de la oligarquía, en ausencia de una alternativa coherente que lo enfrente, alimenta objetivamente el fascismo.
Una vez más, la colaboración decisiva de la socialdemocracia, la vieja y la nueva, en el ataque a las condiciones de vida de las clases populares, la traición de los grandes sindicatos y la evidencia de que, como ha sucedido recientemente con la sanidad, las grandes movilizaciones son orquestadas con objetivos electorales, dejan el campo abierto para que el discurso “radical” de la extrema derecha arraigue entre sectores importantes de la clase obrera.
5. La construcción de amplias alianzas internacionales sobre la base de la soberanía y la independencia.
La ofensiva del imperialismo de EE.UU. y la UE contra Rusia y China es una pieza clave de todo este proceso de reestructuración capitalista a gran escala (5). El proyecto de gobernanza global requiere, como ocurrió con la gestión de la pandemia Covid, que las directrices sean implementadas a escala mundial. Es preciso, para que sea creíble, que el relato apocalíptico y las directrices hegemónicas sean acatadas por todas las grandes potencias y que, en cascada, se lleven a cabo en todo el mundo. En definitiva, para que el proyecto de dominación del imperialismo anglosajón sea posible, es imprescindible que no haya quien escape, con la fuerza suficiente, a sus mandatos.
Pero las contradicciones han estallado, y un nuevo bloque que agrupa a la mayoría de los pueblos del mundo se fortalece cada vez más.
El incremento exacerbado de los ataques contra Rusia y China se debe fundamentalmente a que ninguno de los dos puede ser incluido en la bancarrota general. Además de los gigantescos recursos naturales de Rusia, y de las enormes capacidades productiva de China, ambos países se han ido deshaciendo de su deuda en monedas occidentales y no pueden ser incautados. Por ello el objetivo del imperialismo es destruir su identidad y resistencia y propiciar un cambio de régimen, tanto en Rusia como en China.
Subyugar a Rusia y China es un problema existencial para el imperialismo otanista porque para la aplicación de la doctrina de la “destrucción creativa” en la economía occidental, todo lo demás también debe caer. Si la economía de EE.UU, de la UE y la de sus satélites se hunde y el gran bloque económico multipolar no participa en la caída, será un desastre para Occidente y su proyecto de gobernanza global estará seriamente amenazado.
El nuevo bloque tiene un poder económico importante y puede ser la columna vertebral de una nueva hegemonía multipolar; mientras que Occidente desciende a una especie de «Edad Oscura» e irrelevante. Por lo tanto, el mundo entero debe caer para que funcione el “Gran Reinicio”. Rusia y China deben ser subyugadas por cualquier medio, así como India, Irán y un número creciente de países de África, América Latina y Asia (5).
El problema para Occidente es que sus planes se están viendo frustrados. La decisión de Rusia de intervenir militarmente en Ucrania, y sus victorias junto a las fuerzas armadas de las Repúblicas Populares del Donbass, marcan la ruptura de la unidad entre Oriente y Occidente. Las escasas repercusiones negativas de las gigantescas sanciones contra Rusia, mientras la UE se hunde, y sus innegables victorias en la confrontación militar cada vez más abierta con la OTAN, «hasta el último ucraniano», son buena muestra de ello.
Así mismo, la escalada agresiva del imperialismo está sirviendo para reforzar las alianzas económicas, comerciales, militares y políticas entre Rusia y China y con otros países asiáticos, africanos y latinoamericanos, que hace tiempo se vienen gestando. Es decir, se está produciendo un rápido desenganche de un número cada vez mayor de países de la dominación euro-estadounidense.
Este debilitamiento objetivo del imperialismo “occidental”, sin que quepan ilusiones sin fundamento acerca de la caracterización de clase de los Estados aliados en el bloque multipolar, abre nuevas perspectivas de lucha imperialista y antifascista para las organizaciones que luchamos en los países que forman parte del núcleo central desde el que se perpetran las agresiones a otros pueblos. En concreto, nuestro combate contra la OTAN y la UE debe ir acompañado de la decidida solidaridad internacionalista con todos los pueblos que resisten y en especial con el pueblo del Donbass, así como de la consideración de la intervención militar de Rusia en Ucrania como parte de la lucha antifascista y contra la Alianza Atlántica.
6. Tareas concretas sobre las que forjar la unidad de las organizaciones comunistas revolucionarias
1. Las contradicciones que está haciendo aflorar la guerra de la OTAN contra Rusia y su apoyo económico y militar a organizaciones fascistas, unidas a las sanciones, que tan duramente están afectando a la clase obrera europea, abren nuevos caminos de organización y resistencia.
El apoyo a la lucha antifascista y antiimperialista que, heroicamente, se está llevando a cabo en el Donbass, es el mejor ejemplo de resistencia popular que, además, conecta directamente con la experiencia internacionalista y de combate contra el nazismo que vivió nuestro Frente Popular.
El avance en la construcción de un nuevo orden internacional multipolar, basado en la independencia y la soberanía de naciones que se enfrentan al imperialismo “occidental” y que suponen la inmensa mayoría de la humanidad, está minando objetivamente el poder del imperialismo. Todo ello, sin que esto sustente ilusión alguna de que esto implique revoluciones sociales que tendrán que llevar a cabo sus pueblos.
En el Estado español, y también en el marco de la UE, las organizaciones comunistas debemos participar decididamente en la creación de un Frente Antiimperialista y Antifascista que tenga como eje vertebrador la lucha contra la OTAN como brazo armado del fascismo y de la ofensiva general del capital contra la clase obrera y los pueblos del mundo.
2. En este escenario de agudización de la lucha de clases, para las organizaciones comunistas revolucionarias, no cabe otra alternativa que, partiendo del imprescindible análisis de totalidad de la ofensiva en todos los frentes del gran capital internacional y de sus aliados en el Estado, construir la independencia de clase.
Hay que hacerlo desde abajo, desde las raíces, desde los lugares en los que se viven las condiciones de vida más duras, desde los barrios obreros y los centros de trabajo.
No es posible explicar a nuestra clase y a nuestro pueblo los planes de la burguesía contra la clase obrera si no es a partir de su experiencia concreta, de la percepción de la realidad en la que viven. Y no valen solo los discursos.
La realidad nos apremia, pero no hay atajos. Hay que andar el camino paso a paso.
Es ahí, desde el cuerpo a cuerpo, a partir de la comprensión específica de la forma en la que perciben su realidad quienes están viviendo con toda crudeza las repercusiones de todo el proyecto criminal de la burguesía, desde donde hay que construir la independencia de clase.
La dominación de la burguesía se ejerce, además de a través de mecanismos de dominación violenta y represiva, mediante la imposición de su ideología con falsos señuelos de luchas parciales, y de “soluciones” electorales del mal menor. En este camino, es preciso desvelar sus objetivos de debilitamiento y división de la clase obrera a los que han servido experiencias de control social como los impuestos durante la pandemia y que, sin duda alguna, se repetirán con este u otros pretextos.
Pero esta situación no es estática. Nuestro objetivo central de construir la independencia de clase, más allá de “relatos” desviacionistas, tiene como aliado fundamental la realidad de las condiciones, cada vez más insoportables, de vida y de trabajo. Es sobre ese caldo de cultivo, cada vez más abonado, sobre el que es posible explicar el por qué de las cosas y la necesidad ineludible de la revolución y de construir el socialismo.
En ese proceso, es preciso aunar lo que queda de experiencia obrera de luchadores y luchadoras de otros tiempos, con la fuerza vital y la desesperación de la juventud ante la negación de cualquier experiencia de futuro.
El objetivo es rescatar a nuestra clase gente de la idiotización programada por los medios de comunicación, por las redes sociales o por el consumo de alcohol, medicamentos y otras drogas, sobre todo de la juventud. No valen soluciones que no partan de hundirse en su experiencia, en su saber, y de tejer, sobre esa base, nuevas formas de organización obrera y popular.
El trabajo con la juventud es prioritario. No importa lo difícil que sea. Hay que buscarles y reconocerles y favorecer su protagonismo en todas las expresiones de rabia y de resistencia que se manifiestan hoy, fundamentalmente a través de la música. Y, sobre todo, impulsar la construcción por ellos mismos de medios alternativos de comunicación que expresen lo que están viviendo.
En el movimiento obrero están surgiendo nuevas formas de organización y de lucha que tienden a superar las burocracias sindicales. Se están generando hoy desde las propias necesidades de la lucha. A este respecto, es útil recordar el surgimiento de las primeras comisiones obreras como doble poder y experiencia de independencia de clase.
En este camino, si las organizaciones comunistas lo recorremos consciente y organizadamente, van a surgir nuevos aprendizajes y nuevas posibilidades materiales de avance que todavía hoy no vislumbramos. Y aquí juega un papel determinante la formación política. Hoy, sobre todo la juventud, la más consciente, está buscando no soluciones electorales, sino los instrumentos teóricos y políticos para acabar con la realidad que les oprime como una losa. La teoría política, que nos ha sido legada por quienes nos precedieron en el combate, y su capacidad para analizar la realidad actual, es la más preciada herramienta de lucha. Y junto a ella, la expresión cultural. Nuestro cine, nuestra música, nuestros medios de comunicación, nuestro teatro; lo antiguo y lo nuevo que se construya, constituyen un arma indispensable.
El camino está abierto y nos espera.
1 https://www.congreso.es/public_oficiales/L14/CONG/BOCG/A/BOCG-14-A-91-1.PDF
3 https://momo.isciii.es/panel_momo/
5 https://questiondigital.com/la-tercera-guerra-mundial-ha-sido-organizada-en-davos/
Le communisme, en tant que théorie et pratique révolutionnaires, est incompatible avec l’exclusion de l’analyse des aspects fondamentaux de la dynamique de la société capitaliste.
Ángeles Maestro, au nom de la Coordinación de Núcleos Comunistas.

Février 2023
Et ce qu’il y a de fondamentalement révolutionnaire dans la science prolétarienne, ce n’est pas seulementqu’elle oppose à la société bourgeoise des contenus révolutionnaires, mais c’est, au tout premier chef, l’essence révolutionnaire de la méthode même. Le règne de la catégorie de la totalité est le porteur du principe révolutionnaire dans la science.
G. Lukacs
- Un éléphant dans la chambre. Le cas de la pandémie Covid
La compréhension de la lutte des classes comme moteur de l’histoire, l’affirmation que le prolétariat agissant comme classe pour lui-même est le sujet de la révolution, ou la critique de la dissociation des luttes partielles de la lutte générale de la classe ouvrière pour son émancipation, font partie du discours des organisations marxistes, même s’ils sont souvent dépourvus de conséquences pratiques.
D’autre part, l’analyse de la totalité de la manière dont s’expriment, ici et maintenant, les principales contradictions de la société capitaliste a pour objectif la caractérisation des différents aspects de la domination de classe, non pas comme un exercice théorique, mais parce qu’il est essentiel de concevoir la stratégie et la tactique de la révolution dans les conditions actuelles et, ce qui est encore plus important, de caractériser l’organisation du parti communiste révolutionnaire.
Si les organisations révolutionnaires n’analysent pas comme un tout les différentes formes concrètes : économiques, politiques, idéologiques, culturelles, juridiques et répressives à travers lequelles la domination de la bourgeoisie sur la classe ouvrière se reproduit et se perpétue à chaque moment historique, surtout en période de crise aiguë comme celle que nous vivons actuellement, et excluent – pour quelque raison que ce soit – des aspects cruciaux comme l’ensemble des mécanismes et des institutions qui ont fonctionné sous le prétexte du Covid, ils courent le risque de ne pas interpréter adéquatement les plans de l’ennemi de classe et, ce qui est aussi grave ou plus grave, de ne pas évaluer leurs conséquences sur la subjectivité des masses populaires.
Les principes énoncés ci-dessus, auxquels souscrirait sans hésitation toute organisation communiste, se sont effondrés lorsque l’on a tenté de qualifier la gestion de la pandémie de Covid par les gouvernements de la bourgeoisie de grande expérience de contrôle social, fonctionnelle à leurs plans de «sortie» de la crise générale du capitalisme. Et ce n’est pas une affaire du passé. Le succès remporté par l’État dans l’imposition de mesures sans précédent visant à violer les droits et les libertés, à affaiblir les organisations de travailleurs et les populaires, et même à provoquer des affrontements en leur sein, signifie que, selon toute probabilité, à mesure que la crise s’aggrave, ces mesures seront répétées et prendront même des formes encore plus radicales.
Le refus d’aborder, dans une perspective de classe, la cohérence interne des mesures mises en œuvre par les différents gouvernements pour » lutter » contre le Covid 19, montre que, malgré la prétention de l’analyse marxiste, les questions transcendantales d’une perspective révolutionnaire telles que la nature de classe de l’État, la soumission de la science aux intérêts du capital, notamment aux multinationales pharmaceutiques, ainsi que leur contrôle absolu des principales institutions sanitaires nationales et internationales, ont été ignorées.
La prise en compte de ces aspects, précisément à un moment historique où la centralisation et la concentration du capital prennent des proportions gigantesques et où ses instruments de domination sont plus hiérarchisés et internationalisés que jamais, c’est essentiel, non seulement d’un point de vue théorique, en tant que mouvement de pensée, mais sur tout pour que le prolétariat puisse identifier correctement le fonctionnement des appareils idéologiques et répressifs de l’État et construire son indépendance de classe.
La nature de classe de l’État, qui dépasse manifestement la couleur des gouvernements en place, s’est manifestée dans toute sa crudité lors de la pandémie de Covid, par l’occupation par l’armée de toutes les villes de l’État espagnol, ainsi que par la police et la Guardia Civil, la déclaration des États d’alarme, déclarés ultérieurement inconstitutionnels, ou le durcissement des lois répressives – et, surtout, le projet d’application de la loi de sécurité nationale1.
Ces aspects, ainsi que le contrôle absolu de l’information et l’introduction de mesures de censure sans précédents dans les démocraties bourgeoises – les mêmes tant pour le Covid que pour la guerre de l’OTAN contre la Russie – ont eu et continuent d’avoir la collaboration décisive de la social-démocratie et des grands syndicats. Bien sûr, ce n’est pas nouveau. Mais ce qui est nouveau c’est que les syndicats alternatifs et la grande majorité des organisations révolutionnaires autoproclamées ne l’aient pas identifié comme une attaque brutale contre la classe ouvrière.
Si nous ne l’avions pas vécu, il serait inconcevable que ces organisations aient accepté que le même État qui, peu importe qui gouverne, applique d’une main de fer les réformes du travail, qui démantèle les services publics, en particulier les soins de santé, qui maintient intactes les lois répressives ou envoie des armes aux nazis ukrainiens, ait pris toutes ces mesures «pour protéger notre santé». Tout cela en dépit du fait que ces mesures façonnent un État aux accents de plus en plus fascistes, qui poursuit la militarisation de la société, la persécution des voix critiques et la répression des luttes ouvrières et populaires.
Ignorer le contrôle et l’assujettissement par le capital des découvertes scientifiques à ses objectifs de profit de pratiquement toute la recherche, y compris celle qui est financée par des fonds publics – le plan de Bologne en est un bon exemple -, est particulièrement cinglant lorsqu’il s’agit des grandes multinationales pharmaceutiques. Leur long passé criminel au service de l’introduction de médicaments inefficaces et dangereux, avec la manipulation des essais cliniques et la corruption massive des gouvernements et des autorités sanitaires, est suffisamment prouvé par condamnations judiciaires et les sanctions de plusieurs millions de dollars et, surtout, par des centaines de milliers de morts.
Tout cela a pris des proportions énormes avec l’introduction des vaccins à ARNm, que je ne détaillerai pas ici ayant été suffisamment analysée dans les rapports du CNC2. Je souligne seulement que depuis leur introduction, il y a eu plus de 50 000 décès dans l’UE et plus de 2 millions d’effets graves dans l’UE, selon les données officielles de l’EMA, qui reconnaît que seulement 1 % des cas sont déclarés, et qu’en Espagne, depuis l’introduction de ces vaccins, il y a eu une surmortalité de plus de 30 000 personnes, sans compter les décès dus au Covid et aux coups de chaleur. Tout cela sans que le gouvernement, comme l’a récemment déclaré la ministre de la Santé devant le Congrès des députés, «ait parmi ses priorités d’en rechercher les causes». De même, selon les déclarations du PDG de Pfizer devant le Parlement européen, il n’a jamais été confirmé dans les essais cliniques que les personnes vaccinées cesseraint d’être infectées, alors que c’était ça l’argument de base pour la mise en place des «Covid pass» ou pour exercer la coercition à la vaccination; sanglante cette coertion surtout dans le cas des enfants qui ne risquaient pas de tomber gravement malades, et encore moins de mourir, «par solidarité»
2. Le «Great Reset» et les plans de la bourgeoisie pour «sortir» de la crise.
Cette crise, la plus importante de l’histoire du capitalisme, intervient alors qu’une centralisation sans précédent du capital sous toutes ses formes a eu lieu, accélérée par les avancées scientifiques et techniques de la 4e révolution industrielle (technologies de l’information, robotique, intelligence artificielle, neurosciences).
L’oligarchie qui, par le biais des grands fonds d’investissement, contrôle les principaux centres du capital financier, industriel, militaire et commercial, a désormais en main les instruments pour réaliser, avec l’aide des gouvernements à son service, les décisions politiques nécessaires pour entreprendre les transformations avec lesquelles le capitalisme, después toujours, a affronté toutes ses grandes crises : destruction à grande échelle du capital moins compétitif, accélération de la concentration des grandes entreprises entre des mains de plus en plus rares, et «nettoyage» du marché pour repartir à neuf, en changeant les règles du jeu.
La liquidation massive d’entreprises et d’emplois, ainsi que la substitution du travail humain par la numérisation, la robotique, les nanotechnologies, etc., plongent des millions de travailleurs dans le chômage, sans espoir de retrouver un emploi, et laissent la jeunesse sans avenir.
Il est clair que cette situation, que leurs plans rendent irréversible, va produire des révoltes sociales généralisées qui pourraient conduire à des processus révolutionnaires. Et ceux qui conçoivent la «Grand Reset» le savent parfaitement.
La préoccupation majeure des classes dirigeantes, tout au long de l’histoire du capitalisme et maintenant à plus forte raison, est d’éviter que la réalisation de leur objectif prioritaire de maximisation des profits par l’accroissement de l’exploitation ne conduise à l’insurrection de ceux qui n’ont que leur force de travail pour survivre et leur arrachent le pouvoir.
La psychose de terreur face au Covid et les mesures répressives brutales imposées, jusqu’à présent prises seulement par temps de guerre, comme le confinement, l’arrêt de la production ou la suspension des droits fondamentaux, comme le droit de se réunir ou de manifester, ont permis la destruction de dizaines de milliers de petites et moyennes entreprises, sans pratiquement aucune résistance.
Cette expérience, qui a permis aux grandes multinationales technologiques, les GAFAM (Google – Alphabet, Apple, Facebook – Meta, Amazon et Microsoft) de doubler leur valeur boursière pendant la pandémie, a également permis aux classes dirigeantes de voir jusqu’où elles peuvent réduire la classe ouvrière, par la peur, à une masse informe d’êtres soumis, en inoculant la confrontation entre eux, voire en dénonçant ceux qui résistent, et en réprimant ceux qui n’acceptent pas l’asservissement, comme aux jours les plus sombres du fascisme.
L’oligarchie réunie au Forum économique mondial de Davos en 2021 s’est réjouie de l’efficacité de la discipline sociale et, en même temps, de l’avancée rapide de la numérisation, du travail télématique, de l’introduction du pass Covid, de l’utilisation massive des cartes bancaires – précédents des mécanismes de contrôle des populations – ou de la généralisation des achats en ligne. Mais surtout, le confinement a accéléré de manière exponentielle l’utilisation des réseaux sociaux, le visionnage de séries et, surtout chez les jeunes, les jeux en ligne, dont les plateformes et les contenus, produits par de grandes entreprises technologiques, permettent une évasion massive d’une réalité de plus en plus hostile et conduisent à l’isolement, détruisant les relations sociales.
L’augmentation spectaculaire des suicides3, surtout chez les jeunes, et même chez des enfants de plus en plus jeunes, ou l’augmentation de la consommation d’anxiolytiques et d’antidépresseurs, sont probablement les conséquences les plus dramatiques sur l’esprit humain de la mise en œuvre de modes de vie qui transforment les personnes en une sorte de zombies solitaires, convertis en instruments fondamentaux pour mettre en œuvre leur projet de domination sans résistance.
Tous ces mécanismes visent particulièrement les jeunes, les fils et les filles de la classe ouvrière à qui cette «reconfiguration» du capitalisme n’offre aucun avenir alors qu’ils devraient être les principaux protagonistes de la résistance et de la rébellion. Leur auto-exclusion de la vie sociale et leur annihilation en tant qu’êtres pensants capables de prendre des décisions, qui est encore alimentée par l’introduction massive de drogues, notamment dans les quartiers populaires, est une condition essentielle à la mise en œuvre de ce projet criminel de destruction et de domination sociales.
C’est la matérialisation du slogan macabre de l’agenda 2030, » Vous ne possèderez rien et vous serez heureux».
3. L’offensive américaine contre l’UE. Destruction d’entreprises et d’emplois, militarisation et guerre.
Tout comme la gestion de la pandémie de Covid a été dirigée par les États-Unis et suivie avec discipline par l’UE, les intérêts géostratégiques et économiques américains dictent les mesures qui, docilement assumées par les gouvernements européens, conduisent à leur autodestruction économique et, plus que jamais, à leur subordination militaire totale à l’OTAN.
L’intérêt historique anglo-saxon de séparer l’Europe de la Russie est imposé à l’UE, la rendant protagoniste de sa désindustrialisation et de l’appauvrissement massif de la classe ouvrière. La guerre de l’OTAN contre Moscou, tant par les sanctions mises en œuvre par l’UE contre la logique la plus élémentaire qui prendrait en compte les intérêts économiques de ses membres, qu’en lui imposant des dépenses militaires sans précédent, est aussi une guerre contre l’Europe.
La destruction du gazoduc Nord Stream II, qui aurait permis au gaz russe bon marché et de haute qualité d’atteindre l’UE, perpétrée par la Grande-Bretagne, ainsi que les sanctions empêchant l’achat de gaz, de pétrole et de matières premières russes, provoquent une hausse massive du prix de l’énergie qui fait s’effondrer l’industrie européenne, tout en laissant des millions de travailleurs au chômage. Dans le même temps, la hausse des prix des produits de base, tels que l’énergie et la nourriture, détruit les conditions de vie de la grande majorité des classes populaires.
L’imposition de l’achat aux USA de gaz liquéfié issu du fracking (achat commencé des mois avant le début de l’intervention russe en Ukraine), beaucoup plus cher ainsi qu’insuffisant, permet aux USA, même en pleine crise, d’atteindre des niveaux de croissance de 4%, alors que la récession ravage l’UE. L’assujettissement des gouvernements de l’UE aux États-Unis est particulièrement flagrant dans le cas du gouvernement espagnol. La décision du gouvernement PSOE-UP de reconnaître la souveraineté du Maroc sur le Sahara, en plus de trahir le peuple sahraoui, a compromis l’arrivée du gaz algérien, qui est déjà devenu 70% plus cher.
La destruction des entreprises européennes s’est encore accrue par la hausse considérable des taux d’intérêt mise en œuvre par la BCE, à l’instar de la Réserve fédérale américaine. Le prétexte invoqué est la » lutte contre l’inflation“; inflation qu’ils ont eux-mêmes créée en favorisant le recours généralisé au crédit avec des taux d’intérêt proches de zéro et, surtout, en créant artificiellement de la monnaie (la Réserve fédérale et la BCE ont produit 22 000 milliards de dollars de toutes pièces au cours des quatre dernières années). Le résultat, qui n’a rien d’accidentel, est la fermeture massive d’entreprises et d’emplois et une pénurie de nourriture, de produits de base pour la survie et d’énergie pour les ménages, mettant des millions de familles dans une situation désespérée.
À tout cela s’ajoute une augmentation historique et sans précédent des dépenses militaires imposées par l’OTAN, au prix de l’accélération du démantèlement et de la privatisation des services publics, notamment de la santé, qui se poursuit depuis l’approbation, avec le soutien du PP, du PSOE et de la droite nationaliste, de la loi 15/97; une loi qui reste intacte malgré les engagements électoraux de Unidas-Podemos.
Cette autodestruction de l’UE et des conditions de vie de la classe ouvrière se produit parce que les oligarchies européennes et les gouvernements à leur service font partie du projet impérialiste de «destruction créatrice» conçu par les grands centres de pouvoir. La militarisation sociale, déjà testée avec la pandémie de Covid, et toutes les autres lois répressives, dont la loi de sécurité nationale est une partie importante et à laquelle s’ajoute la récente modification du code pénal pour criminaliser davantage toute tentative de mobilisation sociale, visent à assurer le maintien de la domination du capital face à d’éventuels soulèvements sociaux.
4. Impérialisme et fascisme, une alliance de longue date.
Dans une situation de crise grave comme celle que nous vivons actuellement, dans laquelle il n’y a aucun espoir de solution pour la grande majorité de la population, la montée du fascisme réapparaît comme une ressource de la bourgeoisie face à l’intensification de la lutte des classes.
L’alliance de l’OTAN avec le fascisme n’est pas nouvelle; c’est une constante depuis la Seconde Guerre mondiale.
Avant la fin de la guerre et en pleine bataille de Berlin, Allen Welsh Dulles, travaillant pour l’OSS (Office américain des services stratégiques), le prédécesseur de la CIA et son premier directeur civil, lance l’opération Paperclip pour transférer 1 600 scientifiques nazis dans des universités et des institutions militaires américaines. Nombre d’entre eux, experts en armes biologiques et chimiques, ont été directement impliqués dans des expériences médicales qui ont entraîné la mort de milliers de prisonniers dans les camps de Dachau et de Ravensbrük. Ils ont été jugés à Nuremberg pour cela, mais les États-Unis ont demandé leur acquittement.
La perpétration d’attentats terroristes dans différents pays européens, tels que ceux menés par le réseau Gladio, montre la collaboration entre l’OTAN, les groupes fascistes et les services secrets militaires pour la déstabilisation des gouvernements qui ne sont pas suffisamment dociles et, en général, pour la lutte contre le communisme.
Aujourd’hui, la collaboration directe des États-Unis et de l’UE avec les fascistes ukrainiens est la mise à jour de cette alliance et montre comment les «gouvernements progressistes» comme le PSOE-Unidas-Podemos, tout en agitant l’épouvantail que «VOX arrive!”, tout en soutenant les nazis en Ukraine, souillent leurs mains avec le sang des antifascistes du Donbass.
Cette ligne de continuité politique, idéologique et militaire entre le fascisme et l’OTAN, avec l’anticommunisme comme colonne vertébrale et l’assujettissement de l’Europe, la soumettant aux intérêts des USA afin de court-circuiter ses relations naturelles économiques, commerciales, culturelles, etc. avec la Russie, expliquent amplement une bonne partie des événements politiques qui se sont déroulés depuis la Seconde Guerre mondiale sur le continent européen et dans le présent.
Mais il ne s’agit pas seulement de ce qui se passe en Ukraine. L’évidence que le gouvernement «progressiste» ne résout pas les problèmes de la classe ouvrière et qu’il agit avec la plus grande discipline selon l’agenda de l’oligarchie, en l’absence d’une alternative cohérente pour l’affronter, nourrit objectivement le fascisme.
Encore une fois, la collaboration décisive de la social-démocratie, l’ancienne et la nouvelle, dans l’attaque contre les conditions de vie des classes laborieuses, la trahison des grands syndicats et l’évidence que, comme c’est le cas récemment de la santé publique, les grandes mobilisations sont orchestrées avec des objectifs électoraux, laissent le champ libre pour que le discours «radical» de l’extrême droite s’enracine dans des secteurs importants de la classe ouvrière.
5. Construire de larges alliances internationales sur la base de la souveraineté et de l’indépendance.
L’offensive impérialiste des États-Unis et de l’UE contre la Russie et la Chine est un élément clé de tout ce processus de restructuration capitaliste à grande échelle.5 Le projet de gouvernance mondiale exige, comme ce fut le cas dans la gestion de la pandémie de Covid, que les directives soient mises en œuvre à l’échelle mondiale. Pour être crédibles, le récit apocalyptique et les directives hégémoniques doivent être respectés par toutes les grandes puissances et se propager en cascade dans le monde entier. En bref, pour que le projet impérialiste anglo-saxon de domination soit possible, il est essentiel qu’il n’y ait personne avec suffisamment de force pour échapper à ses mandats.
Mais les contradictions ont explosé, et un nouveau bloc regroupant la majorité des peuples du monde se renforce de plus en plus.
L’augmentation exacerbée des attaques contre la Russie et la Chine est principalement due au fait que ces deux pays ne peuvent être inclus dans la faillite générale. Outre les gigantesques ressources naturelles de la Russie et les énormes capacités de production de la Chine, les deux pays se sont débarrassés de leurs dettes en devises occidentales et ne peuvent être saisis. L’objectif de l’impérialisme est donc de détruire leur identité et leur résistance et de provoquer un changement de régime en Russie et en Chine.
Subjuguer la Russie et la Chine est un problème existentiel pour l’impérialisme de l’OTAN car, pour l’application de la doctrine de la «destruction créatrice» dans l’économie occidentale, tout le reste doit aussi tomber. Si l’économie des États-Unis, de l’UE et de ses satellites s’effondre et le grand bloc économique multipolaire ne participe pas à cet effondrement, ce sera un désastre pour l’Occident et son projet de gouvernance mondiale sera sérieusement menacé.
Le nouveau bloc dispose d’un pouvoir économique important et peut constituer l’épine dorsale d’une nouvelle hégémonie multipolaire, tandis que l’Occident sombre dans une sorte d'»âge des ténèbres» et perd sa pertinence. Par conséquent, le monde entier doit tomber pour que la «grande réinitialisation» fonctionne. La Russie et la Chine doivent être subjuguées par tous les moyens, ainsi que l’Inde, l’Iran et un nombre croissant de pays d’Afrique, d’Amérique latine et d’Asie 4.
Le problème pour l’Occident est que ses plans sont contrecarrés. La décision de la Russie d’intervenir militairement en Ukraine et ses victoires aux côtés des forces armées des républiques populaires du Donbass, marquent la rupture de l’unité entre l’Est et l’Ouest. Les quelques répercussions négatives des gigantesques sanctions contre la Russie, alors que l’UE s’enfonce, et ses victoires indéniables dans la confrontation militaire de plus en plus ouverte avec l’OTAN, «jusqu’au dernier Ukrainien», en sont une bonne preuve.
De même, l’escalade agressive de l’impérialisme sert à renforcer les alliances économiques, commerciales, militaires et politiques entre la Russie et la Chine et avec d’autres pays d’Asie, d’Afrique et d’Amérique latine, en cours de création depuis longtemps. En d’autres termes, on assiste à un désengagement rapide d’un nombre croissant de pays de la domination euro-américaine.
Cet affaiblissement objectif de l’impérialisme «occidental», sans illusions infondées sur la caractérisation de classe des États alliés dans le bloc multipolaire, ouvre de nouvelles perspectives de lutte impérialiste et antifasciste aux organisations qui luttent dans les pays qui font partie du noyau central à partir duquel sont perpétrées les agressions contre d’autres peuples. En particulier, notre lutte contre l’OTAN et l’UE doit s’accompagner d’une solidarité internationaliste résolue avec tous les peuples résistants et notamment avec le peuple du Donbass, ainsi que de la prise en compte de l’intervention militaire de la Russie en Ukraine dans le cadre de la lutte antifasciste et contre l’Alliance atlantique.
6. Tâches concrètes sur lesquelles construire l’unité des organisations communistes révolutionnaires
1. Les contradictions mises en évidence par la guerre de l’OTAN contre la Russie et son soutien économique et militaire aux organisations fascistes, ainsi que les sanctions qui frappent si durement la classe ouvrière européenne, ouvrent de nouvelles voies d’organisation et de résistance.
Le soutien à la lutte antifasciste et anti-impérialiste qui se déroule héroïquement dans le Donbass est le meilleur exemple de résistance populaire, qui, de plus, se rattache directement à l’expérience internationaliste et à la lutte contre le nazisme jadis vecues dans notre Front populaire.
L’avancée dans la construction d’un nouvel ordre international multipolaire, basé sur l’indépendance et la souveraineté des nations qui affrontent l’impérialisme «occidental» et qui représentent la grande majorité de l’humanité, mine objectivement le pouvoir de l’impérialisme. Tout cela, sans aucune illusion sur le fait que cela implique des révolutions sociales qui devront être réalisées par leurs peuples.
Dans l’État espagnol, et également dans le cadre de l’UE, les organisations communistes doivent participer de manière décisive à la création d’un Front anti-impérialiste et anti-fasciste qui a pour colonne vertébrale la lutte contre l’OTAN en tant que bras armé du fascisme et l’offensive générale du capital contre la classe ouvrière et les peuples du monde.
2. Dans ce scénario d’intensification de la lutte de classe, il n’y a pas d’autre alternative pour les organisations communistes révolutionnaires que, à partir de l’analyse essentielle de la totalité de l’offensive sur tous les fronts du grand capital international et de ses alliés dans l’État, de construire l’indépendance de classe.
Cela doit se faire à partir d’en bas, des racines, des lieux où les conditions de vie sont les plus dures, des quartiers et des lieux de travail des travailleurs.
Il n’est possible d’expliquer à notre classe et à notre peuple les plans de la bourgeoisie contre la classe ouvrière qu’à partir de leur expérience concrète, de la perception de la réalité dans laquelle ils vivent. Les discours ne suffisent pas.
La réalité nous presse, mais il n’y a pas de raccourcis. Nous devons suivre le chemin étape par étape.
C’est là, en pleine mêlée, à partir de la compréhension spécifique de la manière dont ceux qui vivent les répercussions de l’ensemble du projet criminel de la bourgeoisie, perçoivent leur réalité, que doit se construire l’indépendance de classe.
La domination de la bourgeoisie s’exerce non seulement par des mécanismes de domination violente et répressive, mais aussi par l’imposition de son idéologie sous les faux prétextes de luttes partielles et de «solutions» électorales du moindre mal. Dans ce sens, il est nécessaire de dévoiler ses objectifs d’affaiblissement et de division de la classe ouvrière, qui ont été servis par des expériences de contrôle social comme celles imposées pendant la pandémie et qui seront sans doute répétées sous ce prétexte ou d’autres.
Mais cette situation n’est pas statique. Notre objectif central de construction de l’indépendance de classe, au-delà des » récits » déviationnistes, a pour allié fondamental la réalité des conditions de vie et de travail de plus en plus insupportables. C’est sur ce terreau de plus en plus fertile qu’il est possible d’expliquer le pourquoi des choses et la nécessité inéluctable de la révolution et de la construction du socialisme.
Dans ce processus, il est nécessaire de réunir ce qui reste de l’expérience ouvrière des combattants d’autre fois, avec la force vitale et le désespoir de la jeunesse face à la négation de toute expérience de l’avenir.
L’objectif est de sauver les gens de notre classe de l’idiotisation programmée par les médias, par les réseaux sociaux ou par la consommation d’alcool, de médicaments et d’autres drogues, surtout chez les jeunes. Il n’y a pas de solutions qui ne partent pas de leur expérience, de leur savoir et du tissage, sur cette base, de nouvelles formes d’organisation ouvrière et populaire.
Le travail avec les jeunes est une priorité. Peu importe la difficulté. Nous devons les rechercher, les reconnaître et les encourager à jouer un rôle de premier plan dans toutes les expressions de rage et de résistance qui s’expriment aujourd’hui, fondamentalement à travers la musique. Et, surtout, nous devons encourager la construction par eux de moyens de communication alternatifs qui expriment ce qu’ils vivent.
Dans le mouvement ouvrier, de nouvelles formes d’organisation et de lutte apparaissent qui tendent à dépasser les bureaucraties syndicales. Ils sont générés aujourd’hui à partir des besoins de la lutte elle-même. À cet égard, il est utile de rappeler l’émergence des premières commissions ouvrières comme un double pouvoir et une expérience d’indépendance de classe.
Dans cette voie, si nous, organisations communistes, la parcourons de manière consciente et organisationnelle, apparaîtront de nouvelles leçons et de nouvelles possibilités matérielles d’avancement que nous n’envisageons pas encore aujourd’hui. Et c’est là que l’éducation politique joue un rôle décisif. Aujourd’hui les jeunes, surtout les plus conscients, ne cherchent pas de solutions électorales, mais des instruments théoriques et politiques pour mettre fin à la réalité qui les oppresse comme une dalle. La théorie politique qui nous a été léguée par ceux qui nous ont précédés dans la lutte, et sa capacité à analyser la réalité actuelle, est l’outil le plus précieux de la lutte. Et à côté, l’expression culturelle. Notre cinéma, notre musique, nos médias, notre théâtre, l’ancien et le nouveau qui se construit, constituent une arme indispensable.
La route est ouverte et nous attend.
1 https://www.congreso.es/public_oficiales/L14/CONG/BOCG/A/BOCG-14-A-91-1.PDF



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