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¿QUÉ LE PASA AL MUNDO?

Vivimos al borde de abismo.

El capitalismo, habiendo desarrollado al máximo sus capacidades, se encuentra en una crisis irresoluble. Sobreproducción, la consecuente caída de la tasa de ganancia y el muro infranqueable de la escasez de recursos (sobre todo energéticos), lo abocan a una exacerbación de la explotación del trabajo, del imperialismo y de la guerra.

La competencia por los mercados, capitales y materias primas empuja al imperio norteamericano a utilizar sus únicas ventajas competitivas claras: la fuerza militar, el sistema financiero y el mediático.

Primero en Ucrania, creando con un golpe un Estado fascistoide (dictadura de facto cuya base ideológica es el supremacismo étnico de los años 30 y 40 del S.XX representado por Bandera) dedicado a ser base Occidental para agredir y acosar a Rusia. Cuando esta responde, se sigue alimentando a la bestia para, en una guerra por poderes, debilitar y destruir a un país de ingentes recursos y una capacidad nuclear inmensa para defenderlos.

En Oriente Próximo y Medio, el imperialismo intenta controlar las rutas comerciales y el petróleo, que siguen siendo la sangre del sistema capitalista. Utiliza para ello al régimen sionista, un estado de apartheid creado como guardia pretoriana blanca del imperialismo en un mar de semitas morenos. Como les sobran palestinos en los territorios bajo su control y no se van matándolos de a poco, pasaron a matarlos en masa (genocidio de Gaza). También utiliza a su propio ejército, diseminado en multitud de bases por las monarquías medievales del Golfo, creadas y sostenidas por el imperialismo anglosajón. Como Irán se resiste, se le acosa, roba y bombardea. Y en su “patio trasero” de América Latina, primero empobrece con sanciones y después ataca, ayer a Venezuela y quizá mañana a Cuba, país que ha sufrido casi siete décadas de acoso.

En todos estos casos, no solo quieren robar recursos escasos y vitales sino negárselos a la competencia (China) e incluso a los aliados-vasallos (Unión Europea, Japón, Corea del Sur), que así dependen más del patrón.

Indudablemente, tanta agresividad es un síntoma de una debilidad que pone a la humanidad en peligro, sea por el riesgo de un enfrentamiento nuclear con Rusia o el desastre energético por el bloqueo de Ormuz, o todo a la vez. Un loco al mando hoy, o un senil ayer, no lo justifican ni lo explican del todo. Son el síntoma de un sistema en descomposición.

¿QUÉ NOS PASA AQUÍ?

Nuestro Estado está integrado en la OTAN y la UE, y dominado por una oligarquía local absolutamente dependiente del imperialismo yanki. Llora (y poco) por los niños de Gaza y no participa en el ataque a Irán, pero cumple sin queja en Ucrania y envía al portaaviones Juan Carlos I con 2.500 militares al mayor ejercicio naval del mundo con EE.UU. en el Despliegue Atlántico 26, antes de participar en el control del Ártico.

Al estar la UE subordinada a la OTAN, y estando ésta al servicio del imperio estadounidense, nos toca gastar más en armas, que al jefe no le llega para tantos frentes abiertos. Europa paga la fiesta en Ucrania y pierde los cercanos y baratos recursos rusos, para sustituirlo todo por carísimas armas y energía estadounidenses. Esta última dejará de llegar si Ormuz sigue cerrado y los precios suben. Nuestra carestía paliará su inflación.

La militarización conlleva un gasto enorme que, incluso cuando conlleve cierta industrialización, será de poco peso laboral o social al ser una industria muy madura que requiere muchísima inversión tecnológica y poca mano de obra. Sin contar lo terrible del uso de lo producido que, en el mejor de los casos, se pudriría en los almacenes.

Y estos recursos se sustraerán de las políticas sociales. Aquí no se dice, pero en Alemania o los estados escandinavos sí. Peores pensiones, peor sanidad, peor educación y peores infraestructuras, y no por casualidad: estos rubros se quieren dejar en manos del capital privado. La militarización permite justificar la mercantilización de lo público (al capital no le queda más recursos que explotar en su crisis terminal) y, además, disciplina a la mayoría social con el miedo a la guerra y, en última instancia, un ejército mayor.

Mención aparte merece la vivienda, considerada por las encuestas la mayor preocupación de los españoles. Con los recortes, poca vivienda social se puede esperar, pero además se trata de es un sector totalmente mercantilizado donde no se hacen viviendas para vivir sino como forma de capital (ahorro o inversión). Incluso la vivienda social termina en el circuito comercial en pocos años y ningún gobierno estatal o autonómico se ha planteado cambio alguno.

Nuestro marco de vida es un capitalismo imperialista en declive, y por tanto muy agresivo, dentro de un país que pertenece al bando imperial, aunque con un papel secundario y subordinado.

La forma política de nuestro Estado es la democracia burguesa, que es escasamente democrática pero muy burguesa. Cualquier cambio radical que cuestione el actual estado de las cosas es imposible dentro de un sistema donde la reforma constitucional no es posible. El control de la información, los recursos y la fuerza por la oligarquía económica (aquí sin solución de continuidad desde la dictadura fascista llamada franquismo) está además blindado por leyes de acero (Constitución y legislación europea).

La vía electoral, fuera de servir como propaganda, es una vía muerta que agota e institucionaliza al más radical en la irreal gestión de un sistema que ya tiene gestores reales sin urnas (la oligarquía capitalista propia y exterior).

¿Y QUE PODEMOS HACER?

Organizarnos, enfrentar a nuestro Estado imperialista de segunda, y apoyar las luchas anti imperialistas en el resto de mundo. Luchas violentas, sí, porque no escoge pelear la clase o los pueblos sometidos sino quien somete violentamente mediante sus privilegios. Y si nuestro Estado es también un esbirro matón (armas y entrenamiento para Ucrania, armas y negocios con el régimen sionista), nuestro deber es debilitarlo y, si nos fuese posible, derrotarlo mediante la revolución.

La crisis aumentará la explotación del trabajo por el capital, agudizando la lucha de clases que pasaría a guerra entre las clases y traería la victoria de quienes todo lo crean, el proletariado, la clase trabajadora. En condicional, porque se requiere la unión y disciplina de quienes comprenden la situación, para acometer la lucha revolucionaria.

Organizarnos hace ineludible la creación de una formación que cuestione radicalmente el orden capitalista burgués sin reformismos inútiles, una organización revolucionaria, de clase obrera y para la clase obrera, dispuesta a imponer la victoria de la clase trabajadora tanto con la guerra de clases (trance inevitable) como con la posterior dictadura de clase (vital para destruir a la sociedad burguesa): el partido comunista.

La crisis aumentará la explotación del trabajo por el capital. Para que la lucha de clases se agudice, para que se convierta en una guerra de clases que traiga el fin del capitalismo, es necesaria la unión y la disciplina en la lucha revolucionaria. Es necesario desarrollar la organización de la clase obrera para la clase obrera, una organización capaz de triunfar, desarrollar e imponer el poder de nuestra clase, y destruir hasta el último resquicio de la sociedad burguesa. El Partido Comunista.

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