Artículo publicado en la revista n.º 2 ConCiencia de Clase.
Juan Manuel Olarieta
Nunca ha habido “guerras por el agua”, ni en la época moderna ni en la antigua. A lo largo de su historia, la humanidad siempre se ha establecido allá donde había un acceso fácil al agua. Algunas de los monumentos arqueológicos más antiguos y emblemáticos de la humanidad son obras hidráulicas, como el Acueducto de Segovia.
Lo mismo ocurre con instituciones, como el Tribunal de Aguas de Valencia, que es la institución judicial más antigua de Europa. Tiene su origen en la época musulmana y subsiste hasta la actualidad para regular el riego sin recurrir a la guerra.
Tradicionalmente en Palestina, la población de Gaza ha sido aislado por completo por Israel, excepto en el suministro de agua, que se ha mantenido siempre fuera de las sucesivas guerras. Hasta el 7 de octubre Israel suministró a Gaza 25.000 metros cúbicos de agua cada día. Luego cortaron el suministro y lo tuvieron que reanudar tres días después.
En el futuro, si hay guerras, el agua no será la causa. Con absoluta seguridad. La llamada “crisis del agua” es una distopía, una de las más aberrantes y apocalípticas profecías de la posmodernidad.
Esta nueva subcultura ha cambiado una perspectiva ideológica ancestral sobre el agua que, históricamente siempre se consideró como un medio para lograr un fin, el desarrollo de la agricultura y la ganadería. Muy a menudo las lagunas se secaban deliberadamente para ampliar la superficie cultivada. Por el contrario, ahora el agua es un fin en sí mismo. Un humedal, como Doñana, está declarado Patrimonio de la Humanidad, pero un campo de árboles frutales que da de comer a esa misma humanidad no tiene esa misma consideración. ¿Por qué es menos importante el frutal que el humedal?
Una ideología reduccionista
La mayor parte de las manipulaciones seudocientíficas acerca del agua son reduccionistas y, por lo tanto, simplistas. La más importante es que sólo se refieren al agua en estado líquido porque es la única que se aprovecha y, por lo tanto, tiene un mayor interés económico para la humanidad. Nunca aluden al hielo o al vapor de agua atmosférico. Sin embargo, la mayor parte del agua que hay en el planeta está congelada.
Desde el punto de vista ecológico interesan los tres estados del agua porque están interrelacionados. Por ejemplo, como consecuencia del final de la última glaciación, el volumen de agua líquida del planeta ha aumentado y, si el calentamiento continúa, también aumentará el deshielo. En tal caso, en el futuro no debería haber carestía de agua líquida, sino todo lo contrario: cada vez habrá más agua en estado líquido y más vapor de agua (humedad).
La segunda reducción es que del agua líquida solo se tiene en cuenta el agua superficial, también por motivos económicos: es la más fácil de utilizar y, en consecuecia, la más barata. Sin embargo, conduce a un error importante porque el agua subterránea es mucho más abundante que la superficial. Por lo demás, ambas interaccionan, como los Ojos del Guadiana, que son tramos sucesivos de aguas subterráneas y superficiales.
La manipulación ideológica extiende el tópico a ambas, es decir, tanto a las aguas superficiales como a las subterráneas. Por ejemplo, la NASA respalda un conocido tópico: que los acuíferos se están secando a un ritmo acelerado.
La tercera consiste en mantener al margen al agua de mar. Las guerras del futuro que pronostican no serán por el agua salada. Por lo demás, ambas están también interrelacionadas. El agua marina puede infiltrar los acuíferos de agua dulce y al revés. El agua subterránea acaba en los mares en mayor cantidad que el agua de los ríos.
En los años sesenta del siglo pasado los geólogos descubrieron acuíferos bajo el fondo de los mares del planeta. En 2011 la investigación se amplió: no son un fenómeno marginal sino que existen en la mayoría de las plataformas continentales y acumulan vastas reservas de agua que se calculan en medio millón de kilómetros cúbicos. Es tres veces el volumen de aguas superficiales (lagos, ríos, embalses) y equivale a todo el consumo humano (riego, usos industriales, agua potable) durante más de un siglo.
El mito de la escasez
La propaganda seudoecologista ha impuesto un desplazamiento característico del lenguaje del terreno económico al ecológico. Por ejemplo, habla de la “demanda” o del “consumo” de agua, expresiones que, aparte de falsas, no son ecológicas sino económicas. Desde el punto de vista ecológico el agua no es “irremplazable”, como pretende la Ley española de aguas de 1985. No se consume sino que circula y, en consecuencia, no se puede “ahorrar”. Tampoco se desperdicia. Es imposible.
La ideología burguesa vincula la economía con la escasez. En España la Ley define el agua como un recurso escaso y, a su vez, la escasez se vincula con la competencia, la lucha por la supervivencia al más puro estilo de Hobbes y Darwin. En épocas de carestía, el lenguaje se dramatiza aun más para hablar de millones de “refugiados climáticos” y del comienzo de una “guerra de todos contra todos”. La escasez domina el pensamiento seudoecologista por completo y, en referencia al agua, se concreta con expresiones como “sequía” y “sobreexplotación”.
Las tormentas, los diluvios, las crecidas, las riadas, los aguaceros y las inundaciones, es decir, la abundancia y el exceso de agua han desaparecido de los diccionarios ambientalistas. Hay frases acuñadas por los organismos internacionales, empezando la ONU, según las cuales en el mundo hay millones de personas, una de cada tres, que no tienen acceso al agua.
La búsqueda del término “doñana” en internet conduce a sistemáticamente al mismo callejón sin salida deprimente: sequía, contaminación, destrucción, desaparición… Los titulares, además de falsos, son sensacionalistas.
Al mismo tiempo, el discurso ideológico en torno al agua es contradictorio: aunque se centra en la escasez, las políticas ambientales europeas imponen la destrucción de los embalses de agua, una polémica que recorrió España en 2023.
En el mundo no hay escasez de agua. En caso contrario, los manantiales y las fuentes de los pueblos llevarían un tapón incorporado. El 70 por ciento del planeta está cubierto por el agua. Las plantas, los animales y la humanidad consumen agua desde su mismo origen y, lo mismo que el aire, no se ha agotado. El volumen total de agua acumulada bajo tierra en el planeta se estima en 23 millones de kilómetros cúbicos. Podría cubrir toda la superficie de la Tierra con una capa de 180 metros de profundidad. “África descansa sobre enormes balsas de agua subterránea”, titulaba el diario El Mundo en 2012. El volumen total de agua subterránea del Continente asciende a medio millón de kilómetros cúbicos. Por su parte, el acuífero Alter do Chao, bajo el Río Amazonas, contiene 162.000 Kilómetros cúbicos de agua (150 cuatrillones de litros) que podrían abastecer a toda la población del planeta durante 250 años
Los circuitos del agua
El agua es una molécula con una fórmula química de las más conocidas, H2O, que es estable. Romperla requiere mucha energía. Es una sustancia que cambia de estado, al tiempo que su composición permanece idéntica a sí misma. Pasa del estado líquido, al vapor y al sólido (hielo) permanentemente. El gigantesco acuífero que hay bajo el desierto de Libia, por ejemplo, es “agua fósil”. Se formó hace más de 10.000 años, cuando acabó la última glaciación. El hielo se convirtió en agua líquida masivamente y se almacenó bajo la tierra.
Como cualquier otro fenómeno ecológico, el agua describe un ciclo. Ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Los romanos recogían el agua de lluvia para sus hogares con el “impluvium”, una pequeña piscina en el centro del patio interior de la vivienda. De esa manera la recuperaban para el uso doméstico. Es un ejemplo de la circularidad y de que la cantidad de agua es siempre la misma. El agua viene de un sitio y va a parar a otro, en una forma o en otra.
En Kazajistán algunos colectivos se oponen a la construcción de una central nuclear junto al lago Balkhach, el más grande del país. Según ellos, el lago está a punto de desaparecer y la central agravaría el problema al utilizar el agua del lago para refrigerar el reactor. Sin embargo, sólo tienen en cuenta una parte del circuito porque, después de capturar el agua del lago, la central lo devuelve al sitio de procedencia.
Todo el agua que hay en el planeta es reciclada y se seguirá reciclando indefinidamente. Se evapora, viaja a la atmósfera y vuelve a caer en forma de lluvia o de nieve. Una parte se filtra formando las grandes napas subterráneas. A ella se suman las aguas residuales, que también se filtran al subsuelo.
No obstante, a diferencia de los embalses superficiales, los acuíferos no siempre se rellenan con el agua procedente de las precipitaciones recientes, sino que sus reservas son de “agua fósil”: proceden del final de la última glaciación, es decir, de hace más de 10.000 años.
El agua es un recurso local
El volumen de agua líquida es una variable local. Por eso los organismos que la regulan son también locales. El problema del agua no es, pues, si hay suficiente sino en saber dónde está embalsada. Lo mismo ocurre con las sequías, que también son fenómenos acotados geográficamente. Por lo tanto, cuando se alude a la “escasez de agua” hay que localizar la región en la que se produce.
La humanidad siempre se movió hacia al agua y, cada vez con mayor frecuencia por el desarrollo de las fuerzas productivas, ocurre al revés: el agua se lleva a los mayores centros urbanos. El agua emigra más que el hombre. La humanidad se establece en cualquier lugar y pretende disponer de agua líquida en cualquier circunstancia.
No hay un catálogo de los acuíferos que hay en el mundo. No se sabe cuántos hay, ni cuánta agua almacenan. La desinformación se refieren casi exclusvamente a su desaparición, ocultando que también se descubren nuevos depósitos, como el que apareció en 2011 en Namibia, uno de los países más secos del África subsahariana. Almacena agua suficiente para abastecer a la población del país durante 400 años.
Al año siguiente se descubrió una gran masa de agua dulce cerca Perpiñán, que podría contener la mayor reserva del sur de Francia y posiblemente de Europa.
El año pasado descubrieron un mar de agua dulce bajo el suelo de Sicilia de 17,5 kilómetros cúbicos de agua dulce. También es “agua fósil”: tiene más de seis millones de años de antigüedad y se encuentra entre 700 y 2.500 metros bajo tierra.
Las gigantescas napas que hay bajo los fondos marinos tampoco son muy conocidas. Aunque su agua suele ser ligeramente salobre, pueden abastecer a las plantas desaladoras mejor que el agua de mar. Es lo que hacen desde 1998 en Cape May, Nueva Jersey, que obtiene parte de su suministro de agua potable de un acuífero de este tipo.
Estos acuíferos también se formaron con la última glaciación, es decir, que se trata de “agua fósil”.
España: 800 mares de agua bajo un suelo reseco
España está considerado como un país seco porque las precipitaciones son reducidas e irregulares. No hay grandes glaciares, que a menudo se consideran como las únicas reservas de agua. Tampoco hay grandes ríos, de caudal abundante. Sin embargo, es uno de los países de Europa con más napas. Hay unas 800 masas de agua subterránea que ocupan el 90 por cien del territorio, es decir, que perforarando en cualquier lugar es fácil encontrar una gran bolsa de agua.
El problema de las aguas subterráneas es que no se ven. Casi parece que no existen y que, por lo tanto, no es necesario mencionarlas. Cuando se habla del agua sólo se piensa en ríos, lagos o embalses. Hasta los años ochenta, los planes hidrológicos sólo tuvieron en cuenta las aguas superficiales.
Para hacerse una idea del gigantesco volumen de esas reservas subterráneas, hay que decir que aunque España es el noveno país del mundo con más pantanos, el agua contenida en los acuíferos no cabría en ellos.
Las napas subterráneas representan el 97 por cien de toda el agua dulce que hay en el planeta en estado líquido. Hay 100 veces más agua en el subsuelo que en la superficie. Ésta acumula 92.168 kilómetros cúbicos, mientras que las subterráneas superan los 10 millones de kilómetros cúbicos.
Las reservas hídricas de la península no están encima sino debajo de la tierra. Es una manipulación ilustrar las sequías con las imágenes de los pantanos vacíos, porque quien gestiona esas aguas son empresas privadas, que son las que abren o cierran las compuertas, bajando o subiendo el nivel del agua.
La OTAN destruye la Octava Maravilla del Mundo
Libia es uno de los países más áridos del mundo. No hay ríos y algunos lugares pueden atravesar décadas sin ver la lluvia en absoluto. En 1953, durante la búsqueda de nuevos yacimientos de petróleo en el sur del país, descubrieron cuatro enormes acuíferos, el sistema nubio, que almacenan 35.000 kilómetros cúbicos de agua.
Cuando Gadafi tomó el poder en 1969, nacionalizó el petróleo y comenzó a invertir los réditos en perforar 1.300 pozos de agua en el desierto, algunos de hasta 500 metros de profundidad, para llevar el agua dulce a la población y desarrollar la agricultura. Fue una obra gigantesca de infraestructura, con 4.000 kilómetros de tuberías, que fueron calificadas como el Gran Río Artifical, e incluso la Octava Maravilla del Mundo.
Como es característico los medios de comunicación occidentales calificaron al proyecto y a su autor de “megalómano”. Las obras comenzaron en 1984, cuando Gadafi puso la primera piedra de la fábrica de producción de tubos en Brega.
Cuando en 1991 se completó la primera fase del proyecto, empezaron a llegar dos millones de metros cúbicos de agua a 6,5 millones de personas que vivían en las ciudades de Trípoli, Bengasi, Sirte y otras. Además, el agua regó 155.000 hectáreas de tierra, el proyecto de regadío más grande del mundo.
En 1999 la UNESCO creó el Premio Gran Río Artificial Internacional, un galardón para promocionar las investigaciones científicas sobre el agua en las zonas áridas del planeta.
Doce años después la OTAN atacó Libia, asesinó a Gadafi y bombardeó las tuberías del Gran Río Artificial, cerca de Brega, incluyendo la planta que las fabricaba. La brutal agresión dejó sin agua al 70 por cien de los libios que, desde entonces están sumidos en una guerra permanente.
En la inauguración de la primera fase del proyecto, en 1991, Gadafi pronosticó: “Después de este logro, las amenazas estadounidenses contra Libia se duplicarán. Los Estados Unidos se inventarán excusas, pero la verdadera razón es detener este logro para mantener al pueblo de Libia oprimido”.



Dejar una respuesta