Hasta 1988 la climatología se había asentado sobre tres principios básicos. El primero era que el planeta se estaba enfriando. El segundo era que las temperaturas dependían de la radiación solar. El tercero, que los seres humanos no eran capaces de influir sobre los fenómenos meteorológicos.
A partir de entonces los imperialistas comenzaron a presionar sobre el mundo académico para cambiar el estado de la ciencia y establecer nuevas políticas proactivas, calificadas como “ecológicas” o “verdes”. Su tarea fue, pues, tanto ideológica como práctica.
El punto de inflexión fue la creación del Panel de la ONU para el Cambio Climático (IPCC), seguida de la creación de una cascada de instituciones de todo tipo, nacionales e internacionales, capaces de sostener la hipótesis de que el planeta se calienta y que eso puede causar problemas graves a la humanidad. No solamente se puede sino que se debe actuar sobre el clima.
A golpe de talonario y de subvenciones en el mundo entero aparecieron organismos, cátedras, ONG, ministerios, publicaciones, fundaciones y hasta concejalías. El orden del día de la “lucha” contra el cambio climático ha llegado a todas partes.
1. Jasón: los científicos al servicio de la Guerra Fría
Las nuevas ideologías del calentamiento tienen un indudable origen en la Guerra Fría. Al final de la Segunda Guerra Mundial la ideología oficial seguía siendo el enfriamiento, que los grandes medios de comunicación presentaban con el mismo alarde catastrofista que ahora.
En 1945 muchos científicos se pusieron al servicio de la guerra nuclear. Formaban parte de un equipo secreto llamado Jasón, a medio camino entre la ciencia y la guerra. Estaba surgiendo la “megaciencia”, las “cadenas de montaje del conocimiento”, grandes organizaciones científicas financiadas por militares, organismos burocráticos, bancos y monopolios.
La nuevas ideologías climáticas surgen, pues, para la Guerra Fría, una época dominada por la bomba atómica y su vertiente civil, las centrales nucleares, una nueva fuente de energía que Estados Unidos creía que iba a dominar en exclusiva.
En la posguerra los imperialistas dieron el salto a la “ingeniería climática” y al armamento climático. Como los demás experimentos imperialistas, la política y la ideología del cambio climático nacieron para la guerra. ¿Era posible convertir el clima en un arma de guerra contra la URSS?, ¿era posible acabar con el Ártico mediante explosiones nucleares?, ¿se podían almacenar residuos radiactivos en el fondo del océano?, ¿podían provocar tsunamis oceánicos las explosiones atómicas?, ¿podían guiar los rayos infrarrojos la trayectoria de los misiles?
La ciencia del clima pasó del Sol a los gases de la atmósfera y de ahí la Armada de Estados Unidos la llevó a los océanos. Para ello subcontrató una parte de las investigaciones atómicas con el Instituto Scripps de California, donde trabajaba el oceanógrafo Roger Revelle, que se definió a sí mismo como el “abuelo del efecto invernadero”. Había participado en varias expediciones náuticas en buques y guardacostas de la Armada, que le reclutó al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, alcanzando el rango de comandante. Al final de la guerra fue trasladado a la ONR, la Oficina de Investigación Naval, un precedente de la actual Darpa, el centro de investigación tecnológica del Pentágono.
En 1946 le destinaron a la primera prueba atómica de posguerra en el Atolón Bikini, en el Océano Pacífico, a fin de estudiar su impacto. Durante las pruebas nucleares en el Pacífico, Revelle dirigió un equipo de 80 científicos especializados en la “lluvia radiactiva”.
A partir de 1948, cuando la Unión Soviética, realizó su primer ensayo atómico, el interés por ese tipo de investigaciones se multiplicó. Había que detectar las actividades nucleares soviéticas y conocer su impacto. Para ello era necesario saber el tiempo que tardan los restos de una explosión atómica atmosférica en disolverse en el océano.
2. El clima como arma de guerra
Con el apoyo del Pentágono y General Electric, en los años cuarenta los científicos Vincent Schaefer y Irving Langmuir pusieron en marcha el Proyecto Cirrus, luego reconvertido en Stormfury, un plan para modificar el clima con fines bélicos (lluvias, huracanes, tornados, ciclones), que en 1967 se puso en marcha en Vietnam con el nombre de Operación Popeye, un intento de modificar el clima que se prolongó hasta 1974.
Muy pocos años después, en 1978, los mismos imperialistas que habían convertido al clima en un arma de guerra, introdujeron en la ONU un tratado internacional que prohibía el uso del armamento climático en la guerra, otro ejemplo del doble juego ideológico sobre el clima: al mismo tiempo que los científicos estadounidenses utilizan el clima como arma, alertan sobre el cambio climático. Lo mismo ocurre con los organismos: por un lado advierten de los peligros del calentamiento y por el otro financian los programas militares de cambio climático. Por ejemplo, entre 1962 y 1983 el Instituto Meteorológico (Weather Bureau, luego denominado National Weather Service) financió el Proyecto Stormfury.
Quien llevó a cabo el intento de modificar el clima de Indochina no fue la Fuerza Aérea sino los aviones de la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration), un organismo a la vez científico y militar, hoy muy conocido por ser uno de los propulsores de las doctrinas climáticas oficiales.
El imperialismo encubría sus planes de cambiar el clima con la manta del CO2. En 1963 el Presidente Johnson aseguró ante el Congreso que a causa de la quema de “combustibles fósiles” su generación “había alterado la composición de la atmósfera a escala mundial”. Su gobierno encargó un estudio sobre el asunto a un Comité Científico Asesor.
Dos años después el Comité publicó su informe sobre los tópicos favoritos que forman parte de la alerta climática: aumento de los niveles de CO2, descongelación de la Antártida, el aumento del nivel del mar, el aumento de la acidez del océano… El informe señala, además, que esos cambios requerirán un esfuerzo mundial coordinado para prevenirlos, lo que indica que Estados Unidos comenzaba a imponer su propia política como algo internacional, consustancial a la ONU.
3. Aterrorizar al adversario comunista
Uno de los “científicos” que contribuyeron a desatar la alarma climática fue Gordon MacDonald, asesor de Johnson y enlace de la CIA con el equipo Jasón. Entre 1964 y 1967 formó parte de los asesores de la Fundación Nacional de Ciencias para la Modificación del Clima. En 1968 publicó “Cómo destruir el medio ambiente”, un recetario de las modernas paranoias seudoecologistas. Al mismo tiempo que se preocupaba del medio ambiente, MacDonald colaboraba como geofísico en la guerra contra el pueblo vietnamita.
Como el resto del equipo científico Jasón, MacDonald mostraba dos rostros. Por un lado, fue uno de los fundadores de la Agencia de Protección Medioambiental y, por el otro, escribió que “un huracán bajo control se puede utilizar como arma para aterrorizar a los adversarios en partes sustanciales de la población mundial”.
Fue pionero en la SRM (Solar Radiation Management), la manipulación de la radiación solar con fines bélicos. La SRM tiene la pretensión de devolver la radiación infrarroja de nuevo al espacio exterior mediante la dispersión de partículas en la atmósfera, lo que puede impedir el calentamiento.
Otro interesante arma climática inventada por MacDonald fue explotar bombas atómicas para hacer que las capas de hielo polar se deslizaran hacia el océano, causando así maremotos “catastróficos para cualquier país costero”, como Vietnam.
También sugirió que la creación de un agujero en la capa de ozono de la atmósfera podría ser un arma eficaz “fatal para la vida”. Según MacDonald las perturbaciones del medio ambiente podían producir, además, cambios en los patrones de comportamiento de las personas, es decir, manipular a la población manipulando el medio ambiente. En cualquier caso, escribe, para Estados Unidos “es ventajoso garantizar su propio entorno natural pacífico para sí mismo y un entorno perturbado para sus competidores”.
4. Los guerreros del clima
Tanto la Armada como la Fuerza Aérea de Estados Unidos crearon varios escuadrones, conocidos como los “guerreros del clima”, para militarizar los fenómenos meteorológicos. Algunos de ellos se integraron en la Organización Meteorológica Mundial.
En 1973, tras la guerra árabe israelí, había que cambiar la ideología climática imperante hasta entonces y presentarlo como ciencia. Era necesario crear centros de investigación y Thatcher se puso a la tarea. Las nuevas instituciones científicas debían “demostrar” el calentamiento. Así surgieron la unidad del clima de la Universidad de East Anglia o el Centro Hadley para la Predicción e Investigación del Clima.
En realidad, este último no es una institución científica sino una oficina del gobierno de Londres creado por Thatcher poco antes de dejar su cargo en 1990. Se fundó a partir de una unidad especial para el estudio de modelos climáticos formada ya en 1988 en el Instituto Británico de Meteorología.
Estados Unidos creó una Oficina sobre los efectos del dióxido de carbono. Los grandes monopolios comenzaron a financiar fundaciones contra el cambio climático. No escatimaron en gastos. A los partidarios de la doctrina del calentamiento les pusieron al frente de los departamentos universitarios, e incluso los crearon “ad hoc”, financiaron investigaciones dirigidas, organizaron conferencias internacionales de “expertos”, crearon revistas especializadas…
Al calor de las subvenciones, las ONG ambientalistas comenzaron a proliferar por todos los países occidentales. La prensa cambió los titulares que habían predominado hasta entonces: ya no hay que tener miedo al enfriamiento sino al calentamiento. En 1981 el New York Times llevó por primera vez el “efecto invernadero” a su primera plana. Aquel año sólo un 38 por ciento de los estadounidenses había oído hablar alguna vez del “efecto invernadero”. En 1989 el porcentaje había subido al 79 por ciento.
Progresivamente Estados Unidos internacionalizó las alarmas climáticas. En 1979, en la reunión del G7 en Tokio, las grandes potencias firmaron una declaración comprometiéndose a reducir las emisiones de CO2. Al mismo tiempo, se celebró en Ginebra la primera Conferencia Mundial sobre el Clima, en la que científicos de 50 países aseguran que es necesario actuar urgentemente. Son los primeros pasos para llevar el cambio climático a la ONU e institucionalizarlo.
5. Los ambientalistas rinden tributo a la ‘Dama de Hierro’
Al llegar al gobierno a comienzos de los ochenta, el Partido Conservador británico se propuso acabar con los poderosos sindicatos mineros, cerrar las minas de carbón, privatizar el suministro eléctrico y potenciar la energía nuclear y el gas escocés, reduciendo la dependencia de Reino Unido de las energías convencionales.
Para lograrlo en 1985 Thatcher aplastó una importante huelga minera que se prolongó durante un año. Entre 1984 y 1985, además de los despidos, la batalla de los mineros costó 3 muertos, 20.000 heridos y 11.300 detenidos.
Las doctrinas climáticas contemporáneas deben su triunfo a Margaret Thatcher, como reconoció en 2006 la revista Nature en un editorial. Fue la primera jefa de gobierno en apadrinar públicamente la lucha contra el calentamiento.

No obstante, el triunfo de las doctrinas modernas sobre el clima no hubiera sido posible sin la creación en 1988 del IPCC, una institución de la ONU diseñada a instancias de Reagan y Thatcher en la reunión del G7 celebrada en Canadá por el grupo más selecto de las potencias imperialistas.
El IPCC no se crea porque en aquel momento la doctrina del calentamiento fuera una corriente mayoritaria entre los científicos, sino al revés: se creó precisamente para imponer esa doctrina como mayoritaria y con el aval de una institución internacional, como la ONU.
Dos meses antes de la constitución formal del IPCC, la Dama de Hierro pronunció un discurso ante la Royal Society en el que planteó las cuestiones cardinales que el IPCC debía llevar al mundo entero, que han sido luego seguidas al pie de la letra por la izquierda, la derecha y el centro con una unánimidad como pocas veces se ha visto a lo largo de la historia: calentamiento, agujero de ozono y lluvia ácida…
La Primera Ministra británica insistió en sus mensajes seudoecologistas cada vez que tuvo oportunidad: en las conferencias de la ONU, en sus discursos políticos, en sus entrevistas… No sólo sacó adelante sus planes sino que promovió un nuevo lenguaje, que es el que hoy nos resulta tan familiar: desarrollo sostenible, aumento de las temperaturas, emisiones de CO2, desaparición de los glaciares, aumento del nivel de los mares… Los ambientalistas hablan el “idioma thatcher” creado entonces casi de la nada.
Hoy aquellos planes de Thatcher han triunfado en Europa y llevan el nombre de “transición energética”, a cuyo efecto la mayor parte de los gobiernos tienen un ministerio encargado de esa tarea.



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