Cultura

LENIN, ÉCHANOS UNA MANO

Esta frase anónima la vi escrita en una pared de Talavera de la Reina a principios de los años ochenta. Eran los primeros años de la Transición, la gran operación política destinada a destruir lo que quedaba del potencial revolucionario de organizaciones obreras y populares, construido en los largos años de la posguerra, arrostrando la feroz represión de la Dictadura.

Alguien dejó escrito el grito desesperado de quien veía hundirse, ideológica y políticamente, la obra de tantos héroes anónimos que pagaron con su vida y con su juventud, en la cárcel, el intento de lograr la emancipación de la clase obrera. Invocaba, precisamente, a quien supo dirigir la primera revolución obrera triunfante.

Las consecuencias de esa enorme traición, sindical y política, alimentada desde los años 50 por la política de “reconciliación nacional” del PCE – inscrita a su vez en las políticas de coexistencia pacífica con el capitalismo implementadas por los dirigentes soviéticos a partir de esos años – no sólo no han sido superadas casi cinco décadas después, sino que se agravan progresivamente. Las clases dominantes consiguieron romper el hilo rojo, esencialmente político, sin el cual las luchas obreras sucumben sin dejar rastro.

En Euskal Herria, ese testigo fue mantenido durante más tiempo. La lucha por la independencia y el socialismo, concretada en la identificación de la Transición como la continuación de las estructuras de poder de la Dictadura y en la lucha contra el imperialismo representado por la OTAN, mantuvo encendida – no sólo en Euskal Herria, sino en el conjunto del Estado – la llama que mantenía la esperanza de la continuación del combate histórico de las luchas obreras y populares. En la actualidad, la izquierda institucional vasca heredera del MLNV, sigue parecidos derroteros que la del resto del Estado.

Precisamente hoy, cuando la burguesía imperialista, ante la mayor crisis del capitalismo, prepara las mayores agresiones contra la clase obrera y sectores populares – incluida la guerra, los mecanismos inéditos de control social con el pretexto de pandemias y la creciente fascistización de la UE – el debilitamiento del movimiento obrero y popular alcanza sus cotas más altas desde hace décadas. La derrota ideológica, que se concreta en hacer creer al proletariado, es decir, a la inmensa mayoría que asegura con su trabajo la continuidad de la vida, que no hay alternativa a la barbarie capitalista, es el arma más poderosa de la dominación. Y, efectivamente, el aislamiento y la desorganización, hacen de la clase obrera un rebaño dócil, supeditado al poder y que se traga el pasto fácil de cualquier marioneta creada por los medios de comunicación que proponga “asaltar los cielos” sin destruir la estructura de poder del capitalismo.

Además de la represión, la burguesía utiliza dos armas ideológicas fundamentales para destruir la capacidad de resistencia organizada del movimiento obrero. Una de ellas es la corrupción de élites políticas y sindicales, bien planificada, que sirve para demostrar que “todos son iguales” – es decir, aprendices de ladrones de la burguesía – pero que también tiene una dimensión ideológica esencial: la penetración en el seno de la clase obrera de la idea de la inutilidad de la organización y de la imposibilidad de construir políticas de independencia de clase. El triunfo de estas ideas que actúan como un cáncer para la disolución de la conciencia de clase, se produce sólo cuando no existe en el seno del proletariado la organización política que ayude a denunciar y aislar a los dirigentes traidores identificándolos, en palabras de Lenin, como “agentes de la burguesía en el seno del movimiento obrero”.

La otra es la manipulación histórica y la correspondiente exhibición de las derrotas de los intentos revolucionarios anteriores como confirmación de que no vale la pena ni siquiera intentarlo. Dejándonos como zombis sin memoria, tratan, una vez más, de quebrar la continuidad histórica de la lucha del proletariado por su emancipación.

La conciencia obrera y popular, aún en las épocas y condiciones más difíciles, es capaz de levantarse y reconstruirse, como la historia ha demostrado repetidas veces. Pero lo puede hacer sólo a condición de que exista un proyecto histórico revolucionario que organice, dé sentido a las luchas parciales, y las inscriba en el combate general por acabar con el capitalismo y construir el socialismo. Sólo así es posible que la conciencia de clase incorpore y se nutra del tesoro de experiencia – incluido el análisis de los errores – de quienes lograron, aún temporalmente, destruir la barbarie capitalista.

Tratan de que no veamos lo más evidente: que donde no hay la menor esperanza de vida digna es en el capitalismo.

Redescubrir a Lenin, cien años después de su muerte, es imprescindible. Y esa petición desgarrada, “échanos una mano”, puede encontrar respuesta, leyendo, estudiando y, sobre todo, sintiendo latir su determnación en cada una de las diferentes ocasiones – unas históricas y otras casi cotidianas – que reúne en este libro la editorial Txalaparta.

Que no se agiten los académicos de salón, ni los “marxistas” de biblioteca. El llamamiento a estudiar a Lenin no pretende multiplicar las voces que repiten como loros determinadas frases. Ni Marx era marxista, ni Lenin leninista. Y el materialismo dialéctico, tema con el que se inicia el libro, es el cuestionamiento más tajante de cualquier dogma.

Los revolucionarios de aquí y de ahora, como quienes nos precedieron, tendremos que inventar nuevos caminos. Pero de lo que no podemos prescindir de ninguna manera es de la determinación de llevar a cabo la tarea, cueste lo cueste y tarde lo que tarde en realizarse. Probablemente la imagen más nítida de esa determinación es la del joven Lenin que, con 17 años y profundamente conmovido por la muerte de su hermano mayor, Aleksander, ahorcado por participar en un intento de asesinato del zar, promete ante su cadáver “nosotros lo haremos de otro modo”.

En el artículo “Tareas urgentes de nuestro movimiento”, publicado en Iskra, en 1900, identificaba la determinación como principal artífice de la victoria: Ante nosotros se alza con todo su poder la fortaleza enemiga, desde la cual se nos hacen descargas cerradas que barren a nuestros mejores combatientes. Tenemos que tomar esa fortaleza y la tomaremos, si sabemos unir en un sólo partido – al que se sumará cuánto hay en Rusia de sensible y honrado – a todas las fuerzas del proletariado, que están despertando, y todas las fuerzas revolucionarias rusas. Sólo entonces se cumplirá la profecía del obrero revolucionario ruso Piotr Alexeiev: “Se levantará el brazo vigoroso de los millones de obreros, y el yugo del despotismo, defendido por las bayonetas de los soldados, saltará hecho añicos”.

Junto a las grandes declaraciones, nos encontramos a Lenin tratando los aspectos más concretos de las luchas obreras. Hoy, cuando nos enfrentamos a la tarea vital de reconstruir el movimiento obrero, los textos de Lenin, escritos antes de la victoria de la Revolución, en los que analiza en detalle y en lo concreto, tareas, necesidades y errores, parecen hablarnos para ahora mismo.

En su “Carta a los obreros y obreras de la fábrica Thornton”, de 1895, llama a salvaguardar por encima de todo la unidad de las diferentes categorías de trabajadores – en su inmensa mayoría mujeres – sobre todo con las más explotadas. Lenin se detiene a explicar las artimañas de la patronal para rebajar los salarios de estas últimas: Con la lana se comenzó a mezclar, sin explicación alguna, la puncha y el tundizno, lo cual hizo la elaboración de la mercancía terriblemente lenta; como por casualidad aumentaron las demoras en la entrega de la urdimbre y por último, comenzaron directamente a descontar las horas de trabajo. Tras enumerar prolijamente la estrategia del patrón para dividir a la plantilla advierte: Obreros de la sección de hilandería, no os dejéis seducir por la estabilidad o por cierto aumento salarial…pues casi dos terceras partes de vuestros hermanos ya han sido despedidos de la fábrica, y el mejoramiento de vuestro salario ha sido comprado al precio del hambre de vuestros compañeros hilanderos que han sido arrojados a la calle.

Otro artículo que encierra elementos de análisis indispensables para las tareas actuales lleva por título “Sobre las huelgas”. En él explica pormenorizadamente la imprescindible dimensión política de las luchas obreras. Analiza cómo en el transcurso de las mismas, tanto patronos y como obreros aprenden quiénes son los verdaderos dueños de todo y cómo en las mentes de la clase trabajadora empieza a anidar la idea del socialismo, que poco antes les era absolutamente ajena. Recuerda, sin embargo, que la huelga es sólo una de las formas de lucha, una pequeña experiencia de una guerra mucho más dura y más amplia, en la que la caja de resistencia es fundamental y necesariamente debe tener una dimensión internacional.

En el prólogo al folleto “Las jornadas de mayo en Jarkov” de 1900, muestra, descendiendo también hasta los detalles más nimios, la trascendencia del ejercicio de la autocrítica, de la identificación de los errores cometidos y de las insuficiencias que han determinado su fracaso, para poder superarlos en ocasiones posteriores.

Monumentos políticos como el “Informe sobre la Revolución de 1905” o “Las tareas del proletariado en la presente revolución. Tesis de abril”, volverán a sacudir, aún a quienes los conozcan, con la insólita fuerza de la voluntad revolucionaria que los inspira.

En “El programa militar de la revolución proletaria”, escrito en 1916, disecciona con bisturí de cirujano toda la podredumbre del programa “pacifista” de la socialdemocracia, quien se atreve a afirmar – en plena conflagración mundial – que el desarme es la expresión más franca, decidida y consecuente contra todo militarismo y contra toda guerra. Es imposible no recordar aquí cómo el movimiento pacifista, representado inicialmente por Los Verdes, penetró profundamente toda la izquierda y que esas mismas fuerzas, desde hace más de veinte años, llevan puesto el casco guerrero de la OTAN. Mediante la mistificación ideológica de equiparar al agresor con el agredido, apoyaron los bombardeos sobre Yugoslavia, Libia y Siria, hoy se apresuran a enviar armas a los fascistas de Ucrania y, en general, legitiman la estrategia imperialista en diversos países del mundo..

Las palabras de Lenin pulverizan el discurso “pacifista” y recuerdan que Una clase oprimida que no aspira a aprender el manejo de las armas, a tener armas, esa clase oprimida sólo merecería que se la tratase como a esclavos. Nosotros, si no queremos convertirnos en pacifistas burgueses o en oportunistas, no podemos olvidar que vivimos en una sociedad de clases, de la que no hay, ni puede haber otra salida que la lucha de clases. En toda sociedad de clases – ya fundada en la esclavitud, en la servidumbre, o como ahora, en el trabajo asalariado -, la clase opresora está armada… (…) Es esta una verdad tan elemental que apenas hay necesidad de detenerse en ella. Bastará recordar el empleo de tropas contra los huelguistas en todos los países capitalistas.

Uno de los textos más vibrantes, más apasionados, más explicativos de la esencia de la dictadura del proletariado, es el que tiene por título “Los asustados por la quiebra de lo viejo y los que luchan por el triunfo de lo nuevo”. Está escrito cuando los bolcheviques llevaban dos meses en el poder. Es el momento en que empieza a aplicarse el control obrero de la producción y la nacionalización de los bancos que él identifica como los primeros pasos hacia el socialismo. En el artículo explica la insoslayable la necesidad, desde el planteamiento más riguroso de este término, de implementar las medidas más duras para defender la Revolución contra sus enemigos.

Lenin desenmascara los lamentos de quienes están abatidos por la ruina del capitalismo y no saben comprender la perspectiva histórica, quienes están ensordecidos por la potente quiebra de lo viejo, por el crujido, el estruendo y el ‘caos´ (un caos aparente) de las seculares estructuras zaristas y burguesas al desmoronarse y derrumbarse; quienes se asustan de que la lucha de clases llegue a una exacerbación extrema y se transforme en guerra civil, la única guerra legítima, la única justa, la única sagrada, no en el sentido clerical de la palabra, sino en el sentido humano de guerra sagrada de los oprimidos contra los opresores para derrocar a estos últimos, para emancipar de toda opresión a los trabajadores.

Arremete contra quienes “de oídas” hablan de implantar pacíficamente el socialismo y afirma: Los marxistas siempre hemos sabido que el socialismo no se puede ‘implantar´, que surge en el curso de la lucha de clases y de la guerra civil más intensas y más violentas… (…) que entre el capitalismo y el socialismo media un periodo de doloroso alumbramiento; que la violencia es siempre la comadrona de la vieja sociedad; que al periodo de transición de la sociedad burguesa a la socialista corresponde un Estado especial (es decir un sistema de violencia organizada sobre una clase determinada), es decir: la dictadura del proletariado.

Todo el texto es un poderoso alegato de la necesidad ineludible de defender la Revolución contra sus enemigos, contra los saboteadores y los contrarrevolucionarios. Y es precisamente en esa escuela de la vida, de la lucha más aguda, cuanto más arrecia la resistencia de los explotadores, en la que el proletariado aprende y madura para el ejercicio del poder. Termina afirmando que en ese gigantesco combate a muerte que están viviendo La victoria será de los explotados, pues tienen a su lado la vida, la fuerza del número, la fuerza de las masas, la fuerza de los veneros inagotables de todo lo abnegado, ideológico y honesto que pugna por avanzar y despierta para edificar lo nuevo; los veneros de toda la gigantesca reserva de energía y de talento del llamado `vulgo´, de los obreros y campesinos. La victoria será suya.

Los textos que hablan sobre las enormes dificultades que se oponen a la construcción de la nueva sociedad, sobre el papel crucial de la educación y la formación política, del papel de las mujeres obreras, de la manera de enfrentar el problema de la religión, del imprescindible repliegue que significó la NEP, de la necesidad de luchar contra la aristocracia obrera como “agentes de la burguesía en el movimiento obrero” o de tratar la inmigración desde la perspectiva de la unidad de la clase obrera, constituyen tesoros de análisis y de experiencia forjados, no en la academia, sino al calor del más palpitante y terrible combate contra la burguesía nacional e internacional.

La defensa irreductible de Lenin del Derecho a la Autodeterminación y a la Independencia de las naciones oprimidas y contra las anexiones merece destacarse. Lenin se enfrentó a quienes desde la socialdemocracia defendían las fronteras nacionales, constituidas a punta de bayoneta, como hecho consumado. Planteaba, una vez más, en la más estricta tradición marxista, que no todas las guerras son iguales, y que, si no se trata de la insurrección de una clase reaccionaria, la lucha de un pueblo sojuzgado siempre debe ser apoyada. Y debe hacerse por ser un legítimo derecho democrático incuestionable la lucha de la nación oprimida contra la nación opresora, y también, en aras del objetivo esencial de la unidad de clase, del internacionalismo proletario. El objetivo es que la clase obrera de la nación sometida nunca pueda identificar a la clase obrera de la nación opresora como cómplice de la dominación de la burguesía imperialista.

Finalmente, quiero destacar el último texto, la carta a la comunista británica Silvia Pankhurst, en la que trata el tema del parlamentarismo, es decir, de la participación electoral de las organizaciones revolucionarias.

Lenin considera que, en general, dicha participación puede ser una herramienta de lucha, a condición de que la misma no sea un obstáculo para el objetivo superior: la ligazón indisoluble con la clase obrera, con sus huelgas y luchas, y para llevar a cabo el combate contra los sectores de la aristocracia obrera que pretenden representarla. Alerta de que la tarea principal es desenmascarar a esos grupos en su mayor parte corrompidos hasta los huesos e irremisiblemente por el reformismo, prisioneros de prejuicios burgueses e imperialistas.

Al tiempo que plantea que es un error, una equivocación táctica, caer en planteamientos anarquistas de negar cualquier participación electoral, insiste en la necesidad de vincular ésta a los objetivos generales de la revolución. En ese combate, es primordial tener en cuenta que Sin luchar contra esos sectores sin acabar con todo su prestigio entre los obreros, sin convencer a las masas de la completa corrupción burguesa de esos sectores, no puede hablarse de movimiento comunista obrero serio.

Aquí y ahora.

En el Estado español, se intensifica a ojos vista el agotamiento del modelo de representación política de la clase obrera y de la pequeña burguesía que, a duras penas, ha estado vigente desde la Transición. La descomposición de Podemos y la asunción por parte de Izquierda Unida/Sumar, así como de las respectivas “izquierdas independentistas”, de las políticas de la burguesía estatal y de la oligarquía imperialista, se produce en un momento en el que el capitalismo en crisis se dispone a implementar las políticas más duras contra el proletariado.

La destrucción de empresas, incluida la pequeña propiedad agrícola y ganadera, en aras de la centralización y concentración de capital en los grandes Fondos de Inversión, se acompaña – de forma cada vez más explícita – de políticas de preparación de la guerra a gran escala. Esta guerra de la OTAN que continuará – pase lo que pase en Ucrania – primero contra Rusia y después contra China, tendrá una vez más como escenario el territorio europeo y como carne de cañón la juventud obrera.

Ante esta ofensiva de la oligarquía imperialista, cuya dureza apenas ha empezado a apuntar, el proletariado revolucionario está ausente precisamente por la desaparición, desde hace décadas, de la perspectiva política esencial que lo puede constituir: el objetivo de la toma del poder político por la clase obrera y la asunción del internacionalismo.

A nivel ideológico, cuando la revolución está desaparecida de la imaginación y del horizonte de posibilidad, los debates políticos parecen girar alrededor de cualquier cosa menos de la universalidad del proletariado como sujeto histórico. A las opciones políticas parciales, como por ejemplo las identidades, se les opone un economicismo vulgar y no propuestas revolucionarias totalizadoras.

La figura y la obra de Lenin resurge con fuerza atronadora en el centenario de su muerte, y lo hace

cuando el comunismo, a pesar de todas sus “derrotas”, es el objetivo prioritario de la criminalización y la persecución por parte del poder, cuando no de su adulteración, en una época marcada por el resurgimiento del fascismo de la mano del imperialismo.

La razón de tan “anacrónico” combate ideológico es evidente. Todas las revoluciones triunfantes posteriores se han forjado sobre el análisis marxista y sobre la experiencia de la revolución soviética dirigida por Lenin. Todas ellas han derrumbado el axioma sobre el que se asienta el capitalismo: que no hay alternativa posible.

La creencia en la invulnerabilidad del poder, una y otra vez contradicha por todas y cada una de las experiencias revolucionarias o de liberación nacional, es la piedra angular de la dominación. En el otro lado de la barricada, para la clase obrera y para las luchas antiimperialistas de los pueblos del mundo, el análisis de las formas concretas que las revoluciones han adoptado, conforma el tesoro de experiencia acumulada sobre el cual construir, aquí y ahora, nuestros propios caminos emancipatorios.

Levantar el proyecto histórico, es decir, la construcción del cauce para que actúen los veneros de toda la gigantesca reserva de energía y de talento de los oprimidos, es la tarea de quienes somos conscientes de las dimensiones de la barbarie que ofrecen hoy el capitalismo y el imperialismo como único futuro a la humanidad.

La reconstrucción del hilo rojo de la historia y la determinación para cumplir como clase y como pueblos la función que nos acredita como seres humanos conscientes nos está apremiando.

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